domingo, 8 de abril de 2018

Consolaciones del beso de despedida

―Después de veinte años en órbita, la Cassini-Huygens sobrevoló Saturno por última vez el 11 de septiembre de 2017 —explicó Serra a los dos hermanos mientras reproducía el vídeo con un gesto—. A lo largo de su viaje, había descubierto satélites, había fotografiado anillos de gas, había explorado zonas remotas y había aportado información muy valiosa para la ciencia. Ahora le tocaba desintegrarse en la atmósfera del planeta.
Serra ya era vieja, pero sabía que tanto la pequeña Rosetta como Deimos quedarían impresionados con la imagen del artefacto en llamas frente al gigante gaseoso. Se apretujaron junto a ella en el sofá para no perderse detalle.
―Entonces, ¿no la salvaron? ¿La dejaron morir sin más? —Los ojos ambarinos de Deimos, el mayor, se abrían de incredulidad frente a la pantalla.
―No fue posible. Aquel aparato era autónomo, pero no como los de ahora. ―Serra les contó que, con el combustible casi agotado, el objetivo era adaptar la órbita y evitar que los restos de la nave contaminasen Titán o Encélado, dos de las lunas de Saturno. En ésta última, los primitivos medidores humanos habían descubierto géiseres con compuestos químicos esenciales. Y la química era el sinónimo más sincero de la vida―. Así que el beso de despedida de la sonda fue enviar una última transmisión y transformarse en fuego. ¿No os parece bonito?
Maestra y alumnos dejaron que el silencio se adueñara del salón por unos instantes. En la chimenea, la madera crepitaba lamida por el fuego. Un pitido intermitente avisó de que la sopa estaba lista.
―¿Y para qué se creó una máquina que ni siquiera podía salvarse a sí misma? —Tampoco Rosetta, con sus dedos nerviosos, podía entenderlo.
Serra se llevó la mano a la cabeza rasurada y suspiró.
―Bueno, se fabricó para explorar. Para servirnos. Para agotar las posibilidades de encontrar seres en otros planetas, por minúsculas que fueran.
Sin embargo, los rostros de Rosetta y Deimos seguían sin comprender. ¿Por qué querría nadie toparse con otros entes? ¿Por qué habrían de producir trastos que no pudieran conectarse entre sí a voluntad, detectar el estado de ánimo, las calorías o el miedo del ser humano e incluso sobrevivir de forma independiente? Puede que a Rosetta y Deimos les hubieran enseñado mecánica orbital, propulsión por plasma, planetología y fundamentos de ética espacial, pero seguían siendo niños.
―¿Explorar? ¡Para eso ya estamos nosotros! —Deimos empujó a su hermana con el hombro—. ¿A que sí, Ros?
Mientras Serra se levantaba a por la cena, escuchó como la cría le respondía a su hermano, y no pudo reprimir que el vello de la nuca se le erizase.
―Claro que sí, bobo —dijo Rosetta antes de bajar el tono— Y nosotros no nos desintegraremos.

A la mañana siguiente, Serra despertó pronto a la pareja y la llevó a correr por la explanada. Cuando los niños ya estaban jadeando, rebajó el ritmo y frenó delante de un bosquecillo de pino bajo en el que solo había conejos.
―Si queréis desayunar, tendréis que cazar la comida vosotros mismos —les retó antes de sentarse sobre una piedra.
Rosetta y Deimos se miraron extrañados.
―¿Conejo? —preguntaron casi al unísono.
―Así es.
―Pero Serra —Deimos carraspeó—, todas las piezas que cazamos son peligrosas. Tienen cuernos, colmillos y pezuñas más grandes que nuestras cabezas. ¿Para qué queremos algo tan pequeño?
Serra se limitó a sonreír y apoyó la mandíbula sobre la palma de la mano. En respuesta, Rosetta desenvainó el cuchillo, le dedicó una mueca de superioridad a su hermano y se internó en la foresta.
―¡Vaaale! —se quejó el chico antes de seguirla—. ¡A por el dichoso conejo!
Durante los minutos que siguieron, Serra permaneció inmóvil. Desde donde estaba podía ver a la pareja, y con eso era suficiente. Deimos se llevó el índice a los labios y su hermana asintió agachada tras los arbustos. Esperaron un tiempo prudencial antes de saltar sobre el grupo de mamíferos más cercano. Los ejemplares jóvenes se dispersaron al instante, y el revuelo alertó a otros grupos que mordisqueaban bayas unos metros más allá. Cuando Rosetta intentó atrapar al conejo más gordo, éste viró y se escurrió por entre sus piernas. La carrera desenfrenada hizo que Deimos metiera el pie en una madriguera. Serra escuchó el crujido y el consiguiente alarido de dolor. Los hermanos todavía tardarían un rato más en presentarse ante ella, magullados y exhaustos.
―¿Eso es todo? ―les preguntó.
Rosetta llevaba en las manos una cría de liebre diminuta con las orejas erguidas. El animal parecía despierto, pero estaba aterrado.
―Pues si este es vuestro único trofeo, tendréis que decidir cómo repartirlo.
Pero Serra notó que el reparto sería entre las miradas esquivas y las caras largas de los niños. Había sido su instructora de supervivencia durante meses, les había enseñado a hacer fuego, a beber de las plantas, a mantener el calor en soledad y a enfrentarse a bestias igual de asustadas que ellos, y en todo eso no había lugar para la misericordia. Así que, cuando, dentro de cuarenta y ocho horas, ambos embarcasen en dirección a la base y comenzasen el adiestramiento que les convertiría en astronautas; cuando, en menos de un año, partiesen, junto con otros doce o trece críos, hacia un viaje interestelar que duraría más de cuatro décadas; cuando solo algunos de ellos llegasen vivos, con el aspecto de ancianos demacrados, a pisar una tierra que no fue concebida para el ser humano, estarían solos, y también desaparecerían. Para eso se les había entrenado: para explorar y para aprender a morir, igual que a aquella vieja sonda espacial.
―¿De verdad tenemos que matarla? ―Rosetta tenía los ojos brillantes.
―Sí ―contestó Serra.
Entonces, Deimos suspiró y alargó el brazo para agarrar al conejo, pero el crujido en las manos de Rosetta lo detuvo; la cría ya había dejado de temblar. Los hermanos comenzaron a sollozar quedamente y, por vez primera en mucho tiempo, la instructora de supervivencia quiso gritarle al cielo.

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