domingo, 19 de marzo de 2017

Logan: sangre, sudor y canas

Uno se acerca a Logan, la última película protagonizada por Hugh Jackman en el papel del temible Lobezno, atraído por la que, dicen, será la despedida de un actor a un personaje que parece haber sido creado ex profeso para él. Uno se acerca a Logan, también, por el irresistible aroma a western y a vejez melancólica que destilan las notas del bueno de Johnny Cash en el tráiler, por la garantía de que, si algo se le da bien al irregular James Mangold, es el american way of life (El tren de las 3:10, En la cuerda floja) y por ese póster promocional de estética ochentera que tan bien sienta al cine de acción. Y qué demonios: uno se acerca a Logan por la sed de polvo, de sangre y de plomo; esta no es una película de superhéroes al uso.

Inspirada vagamente en el cómic El viejo Logan, la historia nos presenta a un Lobezno mayor, descreído y enfermo, que trabaja como chófer de alquiler en un mundo donde los mutantes hace tiempo que pasaron a la historia. Logan está perdiendo sus poderes, por lo que ha renunciado a cualquier tipo de heroicidad y únicamente intenta pasar desapercibido malviviendo en una propiedad abandonada de algún lugar en la frontera entre los Estados Unidos y México, en la que esconde a un nonagenario y excéntrico Charles Xavier (Patrick Stewart) obligado a tomar constantes fármacos para no perder la cabeza y el control de su destructiva mente. Sin embargo, todo este panorama cambia cuando Logan recibe un extraño encargo como chófer: proteger a Laura (Dafne Keen), una niña muy poco común en una huida frenética que solo tiene una dirección.

A partir de aquí, y como siempre, ojo al dato, que comienzan los spoilers y destripamientos varios. Y me gustaría detenerme mucho aquí, ya que hay detalles de la trama que, si se conocen, hacen perder mucha de la gracia a la película.


La primera bala se la disparamos al argumento. Sin grandes pretensiones, se nos presenta una historia sencilla, con ese regusto vintage que tantos éxitos cosecha en la comunidad hipster desde hace años: padre acabado saca fuerzas de flaqueza para defender a una hija perdida que, en realidad, sabe cuidarse muy bien sola. No hay grandes piruetas de guión, no se trata de una trama compleja y es fácil subirse al destartalado coche de Logan casi desde el principio para seguirlo en esa carrera desquiciada en la que consisten las casi dos horas y pico de metraje. Mangold ha recurrido a la clásica idea de los experimentos prohibidos y sus "inesperadas" consecuencias; ¿de verdad no es de esperar que un montón de niños superpoderosos, "bendecidos" con algún don ultraterreno y alimentados con odio, terminarán por escaparse y poner en jaque a fuerzas oscuras que, casi siempre, tienen conexiones gubernamentales? En esta ocasión, a los malos los comanda el agente Murphy de Narcos (Boyd Holbrook) en el papel del personaje marveliano Donald Pierce, un cíborg con mucha mala leche y gusto por el sadismo. La estructura narrativa también es lineal y muy vista, pero no por ello menos efectiva: prota acabado física y emocionalmente se encuentra con algo que le hace despertar de su letargo, prota lucha por salir adelante con su nuevo propósito, prota cree estar a salvo, pero se encuentra con dificultades que lo ponen en graves problemas, prota supera esos problemas aunque sale maltrecho de ellos y prota cree llegar a su destino feliz, donde, por contra, se encuentra de nuevo con sus peores temores en una lucha a muerte. Lo dicho: el apartado del guión tiene poco donde rascar por la cara de la originalidad, aunque cumple con creces su objetivo en una historia de este tipo.

En lo que se refiere a las interpretaciones, la estrella más brillante es la del propio Jackman, que, en mi humilde opinión, dibuja al mejor y más interesante Lobezno hasta la fecha. Es como si todos los esfuerzos, toda la historia, todas las películas de X-Men hasta la fecha (de las que confieso que no soy fan) hubieran convergido en este punto, hubieran traído hasta aquí a este hombre mayor, rudo, acostumbrado a la violencia y malhumorado, pero también protector, de buen corazón y, muy, muy en el fondo, esperanzado. Como decía más arriba, siempre es atractivo enfrentar a un tipo en las postrimerías de su vida con los demonios que tanto tiempo le han atormentado, y el australiano lo logra con creces: sus ojos oscuros y llenos de ira contenida, la barba desastrada y un cuerpo de gimnasio que ya perdió su gloria son la cara externa de alguien que sufre por dentro y por fuera. Buen Lobezno y mejor persona. Patrick Stewart también saca una nueva cara del críptico y sesudo Charles Xavier: la del humor enternecedor; es de su mano y de la contraposición con el carácter indómito de Lobezno de donde salen la mayoría de las pocas risas que oiréis en el cine. El papel de abuelo sabio que consiente le va como anillo al dedo, y la relación abuelo-padre-hija que se establece en cierto momento de la película cobra todo el sentido gracias a él. De la pequeña Laura hay menos que decir, ya que se pasa más o menos la mitad de la película en silencio y hablando con los puños (y como arrea, la jodía) para demostrar hasta donde es capaz de llegar una persona sometida para lograr la libertad. Supongo que es cosa de gustos, pero hubiera preferido una niña más modosa, una niña en la etapa primera de descubrimiento de sus poderes, una niña que va descubriendo quien es junto a su padre y que, al final, toma el camino de la violencia para proteger a los que quiere; en su lugar, nos encontramos con una fiera desatada capaz de cortar cabezas (literalmente) desde el inicio, más rápida y de garras más afiladas que Jackman y que, además, sufre una extraña contraposición moral entre lo fácilmente que quita vidas y un repentino amor por quienes la ayudan, a lo que no ayuda su incomunicación ni las confusas líneas de diálogo que le han dado junto a Lobezno. Por lo que respecta a Boyd Holbrook, su interpretación cumple con lo que se le pide sin grandes acabados: ser un malo de lo más plano, sin origen ni futuro y al que es tan fácil noquear como esquivar; un papel que pasará rápidamente al, cada vez más abarrotado, libro de los personajes olvidados. También son planos y fútiles otros personajes como el rastreador de mutantes Caliban o el malísimo científico encargado de modificar genéticamente a los niños, hasta el punto de que sus muertes importan tan poco como sus líneas de diálogo, cuya única función es servir de apoyo a los personajes importantes.

Entre los detalles a resaltar, encontramos algunos huevos de pascua que rompen la pantalla para tomar elementos de la vida real e integrarlos en la trama: no deja de ser irónico y divertido que Lobezno hojee tebeos originales de los X-Men en los que él mismo sale representado y que el contenido de los cómics tenga un peso real en la historia que sucede. También es curioso que el propio Lobezno sea el primero en señalar lo estúpido que es creer que unos tipos musculosos en mallas van a acabar salvando el mundo, que, como siempre, son historias construidas a partir de incidentes aislados que luego se fueron generalizando. Y es que otro de los puntos favorables de la película es su conexión con la vida real, que es algo de lo que muchas de sus primas dedicadas a los superhéroes pecan con saña; a pesar de que, cuando era más joven, fui un ávido lector de cómics Marvel y DC y los recuerdo con cariño, nunca he llegado a estar contento ni me han atraído demasiado las diferentes adaptaciones para la gran pantalla que se han ido produciendo. Pensándolo con detenimiento, supongo que tiene que ver con su falta de realismo: el problema no está en que un tipo tenga garras retráctiles de adamantio (adoro la ciencia ficción, la fantasía, el terror y otros géneros fronterizos), el problema está en que alguien así pueda pasar de puntillas por un mundo supuestamente real como el que sirve de ambientación a las cintas Marvel, en las que suele haber índices escandalosos de destrucción de ciudades, muertes anónimas y acción nuclear sin propósito. Si quieres situar a nuestro héroe en la vida real, haz que se enfrente a situaciones reales, que sus poderes flaqueen, haz que enferme, que sangre y que muera, y, sobre todo, que se de cuenta (y que parezca creíble) del daño que causan sus acciones en todo lo que hay a su alrededor, humanos inclusive. Pocas películas lo han logrado, pero se puede hacer, y , para los que piensen lo contrario, recomiendo echar un ojo a la trilogía de El Caballero Oscuro de Nolan, a la Jessica Jones de Netflix o a ciertas tramas de la serie Gotham, también de este último canal; Logan es una más que digna candidata a entrar en este club con honores.

Lo mejor: Me quedo, claramente, con la ambientación polvorienta de la película, con el tono oscuro y salvaje y con las magníficas interpretaciones de Hugh Jackman y Patrick Stewart. Las escenas de violencia son más que suficientes, están bien rodadas y revientan la adrenalina del espectador una y otra vez; más de una vez me he encontrado con el pecho encogido mientras veía tajos, chorros de sangre, cabezas cortadas, ojos de terror y dientes apretados. También he disfrutado esos pequeños detalles metaficcionales comentados más arriba y de la toma de conciencia con la realidad que supone el filme por muchas razones: la humanización del superhéroe, su lucha más mundana, su enfrentamiento con lo común, su muerte sin reservas, trucos ni trampas, un final que, en ningún momento, resta heroicidad a todas sus acciones.

Lo peor: Reitero lo innecesario de decidir que la niña no hable durante casi media cinta, ya que se pierde una maravillosa oportunidad de forjar una verdadera relación paternofilial con el protagonista a través de los diálogos, lo que provoca que algunas de las conclusiones del filme sean, cuanto menos, chirriantes (es poco creíble que, pese a haber tenido una relación intermitente con su padre y poco basada en el cariño y más en la supervivencia desesperada, Laura llame "papi" a Lobezno en su lecho de muerte, llore amargamente su fallecimiento y recite frases extraídas de un viejo western ante su tumba). ¿Acaso no habría mejorado todo si Lobezno, no desde el inicio pero sí una vez pasado el prólogo de rigor, hubiese forjado una verdadera relación de cariño con su hija, le hubiese enseñado de verdad a no utilizar la violencia más que para sobrevivir (aquí, su actuación se limita al "no cojas eso", "no me pegues" y "come con el tenedor") y hubiese tenido otro final, igual de dramático pero más elegante? Para mi gusto, este es el gran y casi único fallo de una obra que, pese a todo, es merecedora de un notable bajo como premio a los esfuerzos de mejora respecto de su infame predecesora argumental (Lobezno inmortal).

Hoy, termino la reseña con esta reflexión: Mangold se ha sacado de la chistera una de las películas más interesantes de su filmografía y del panorama Marvel, con un protagonista duro y atormentado a quien se pone en una situación extrema para probar la dureza de su pasta, pese a que no todos los elementos del filme estén a su altura.



El Caballero de Tinta

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