jueves, 5 de enero de 2017

Paterson: sencillez lírica de culto

Continuamos con la racha de películas que hacen diana: esta vez le toca el turno a Paterson, obra del genial Jim Jarmusch que apunta directamente a los sentidos y acierta de lleno.

El director norteamericano más indie nos presenta la historia de un sencillo conductor de autobuses llamado Paterson (Adam Driver), que vive en la ciudad homónima de Nueva Jersey junto a su novia, la imaginativa Laura (Golsifhteh Farahani). Paterson lleva una vida tranquila, dominada por la rutina pero rica en detalles de los que deja huella en sus poemas, escritos en los breve intervalos que le concede su trabajo. Cuando llega a casa, comparte con Laura la ilusión por los excéntricos planes artísticos de éśta, y saca a pasear a un malévolo bulldog llamado Marvin. El resto de su tiempo lo destina a entablar conversaciones más o menos trascendentes con los parroquianos del bar de la esquina, santuario y lugar de encuentro.

Ojo, que, a partir de aquí, empiezan los spoilers y demás destripamientos de la trama. Aunque no estamos en uno de esos filmes en los que un solo dato avanzado del argumento basta para arruinar el conjunto (aquí se trata, deliberadamente, de disfrutar del viaje, no de llegar a la meta), leer sobre algunas de las escenas o referencias que daré a continuación puede empañar el magnifico descubrimiento estético que supone Paterson en todos los sentidos.

Empecemos alejando a falsos curiosos y amantes irredentos del cine comercial: esta es una pelicula cuyo fondo y forma es especial, por lo que puede que no convenza a todos los ojos. Jarmusch, destacado icono del cine independiente ochentero y noventero, ya lo advertia expresamente en una declaración de intenciones previa al estreno y muy explícita: en Paterson no hay un conflicto claro, no es una pelicula de acción o ritmo trepidantes, y se limita a seguir las emociones de sus personajes, más o menos imperfectos, a lo largo de una semana de sus vidas. Punto. Ni más ni menos. Con esta descripción, muchos se sentirán tentados de levantarse de la silla y buscar algo menos aburrido o menos profundo. Y es que, aunque la vida de dos personas imaginativas y sensibles (cuando está bien retratada, se entiende) debería ser reclamo suficiente para querer ejercer el noble arte del cotilleo cinematográfico, si el espectador sigue creyendo que prefiere una abundante sesión de tiros en bandeja, de explosiones marvelianas o de otros artificios coloristas, esta no es su película. Siguiendo con lo que comentaba, Paterson es una invitación para disfrutar de un viaje en locomotora, desde la que ver el paisaje es una maravilla de la slow life; no es un billete del AVE más rápido, donde solo importa llegar al destino a cualquier precio. 

Como digo, la película divide su estructura narrativa en siete partes de una duración similar, correspondientes con los días de la semana. Todos ellos empiezan con la pareja dormida en la cama. Generalmente, él es el primero en abandonar el lecho para poner en marcha su pequeño ciclo diario; ella, en cambio, compagina su labor como ama de casa con una obsesiva y dispersa vocación artística por todo lo relacionado con la dicotomía blanco-negro. Estamos ante un narrador equisciente, muy pegado al protagonista y a sus emociones, pero que también hace pequeñas incursiones en la vida de Laura y hasta de Marvin el perro (en concreto, este úĺtimo cobra una importancia tal que termina por convertirse en un personaje de pleno derecho). Me llama la atención la progresiva selección de las escenas que se va mostrando cada día, siempre desgranando un poco más, siempre dejando entrever algo de aquello que el día anterior no conocíamos: detalles sobre el proceso creativo de Paterson, de dónde extrae su inspiración, como continúa la escritura de aquellos "textus interruptus", cual es la causa de los extraños misterios que le asaltan, como la posición del buzón que se afana en recolocar cada día o los diferentes puntos de vista de sus interlocutores de taberna. Se repiten imágenes, se juega con los silencios, se superponen planos que aportan un nuevo granito de arena a nuestro entendimiento y se amplía la información de la que disponemos. Es la forma que tiene Jarmusch de señalarnos qué hay de diferente en lo viejo, de decirnos que, aunque creamos conocer algo a fondo (como Paterson su trabajo, su camino a casa, el fondo de su cerveza), existen diferentes posibilidades que pueden dar la vuelta al panorama en cuestión de segundos. 

El argumento no puede ser más sencillo: la vida de una pareja media que comparte sus pequeños proyectos e ilusiones diarias con mayor o menor grado de intensidad. Mientras que los conflictos de él giran en torno a su trabajo, su hobby y su rato de socialización, los de ella lo hacen en torno a sus muchas inquietudes artísticas. Dicho esto, hay pequeñísimas subtramas con distinta incidencia sobre el total. Por ejemplo, tenemos la hora a la que Paterson se levanta, que varía ligeramente en función de su nivel de preocupación, o la relación con su maquiavélico perro, la agónica conversación con su compañero de faena, la compra de una guitarra para Laura, la insistencia de ésta para que haga una copia de su obra, la fallida historia de amor entre dos clientes del bar, etc. Creo que puede discutirse acerca de la necesidad de haberlas incluido todas, pero es innegable que conforman un rico tapiz que no evoca otra cosa que la propia vida. Si algo he aprendido en el taller de escritura creativa, es que no basta con contar la realidad tal cual es: hay que adaptarla e interpretarla para que resulte atractiva al lector (de lo contrario, caeriamos en un infumable sopor sólo de pensar en relatar como un personaje se levanta, se lava los dientes, desayuna, se viste, coge las llaves, va al trabajo...). En conclusión, podemos afirmar que este es uno de los puntos fuertes de la película, ya que no es fácil dar un barniz lírico a lo cotidiano y que siga siendo interesante.

En cuanto a la simbología, tal y como nos tiene acostumbrados el director de Ohio, los diferentes hilos que tejen el entramado provienen de fuentes no siempre accesibles a primera vista. Antes de nada, debe tenerse en cuenta el imprescindible rol de la poesía, que actúa de eje y te obliga a echar el freno visual. En ese contexto, hay que destacar la obra del poeta yanqui William Carlos Williams, y, concretamente, su poemario también titulado Paterson, que parte de lo cotidiano para acabar arrojando esa breve mirada al infinito que es la poesía. Paterson da vida a sus composiciones también desde este prisma: extrae la inspiración de una caja de cerillas, de una gota de lluvia o del sueño de su amada, para crear bellas obras carentes de rima y sin una estructura aparente. Asimismo, sabemos que la poesía es crucial en el largometraje por la cantidad de personajes que dicen escribirla y/o conocer obras concretas (cuando en la realidad, y por desgracia, los datos indican que el mundo va perdiendo poetas de forma inexorable). Podría incluso advertirse que Paterson es una especie de alegoría de un mundo regido por la lírica, en la que hasta el más nimio aspecto de la realidad tiene una vis poética. Otras caras del arte, menos cohibidas y más expresivas, nos las muestra Laura con su particular colorido del mundo en blanco y negro o su faceta musical. Mientras que Paterson se limita a plasmar de forma introspectiva y tímida en su cuaderno secreto lo que los hechos periódicos le sugieren, ella necesita mostrar el fruto de su creatividad pintando paredes, vestidos, guitarras y hasta cupcakes para que generen algo en los demás. Queda patente que Laura no lo hace por un afán protagonista (ya que la mayor parte de sus creaciones no van más allá de las cuatro paredes de su casa), sino como consecuencia de una perspectiva artística que difiere de la de su pareja. Por otra parte, Jarmusch suele conectar sus largometrajes a través de referencias a su propio universo fílmico, y tiene oportunidad de hacerlo también aquí. Basta con echar un vistazo al joven que rapea mientras lava su ropa, así como al encuentro frontal en la calle de Paterson con el despechado Everett: ambos son pequeños homenajes a la joya de la corona jarmuschiana, Ghost Dog. En cualquier caso, y como sucede con buena parte de su filmografía, es necesario verla dos veces, como mínimo, para poder extraer las conclusiones primordiales. Me parece interesante cómo se le da una capa de normalidad a hechos curiosos: en una pareja joven de hoy en día, llama la atención que ella se quede en casa y que él sea el único que "trae el sustento", o que tanta gente hable de poesía, o incluso que el propio Paterson sea un dinosaurio tecnológico. Entiendo que la explicación a estas peculiaridades hay que buscarla en la ambientación de los poemas de Williams de los que bebe la película, por lo que sería una especie de somero homenaje a la sociedad americana de hace más de medio siglo. 

Lo mejor: La fortaleza de Paterson estriba en su sencillez emocional. Aporta cierta paz, genera un sentimiento de calma con lo que te rodea y da ganas de profundizar en lo bello de las miles de pequeñas cosas a nuestro alcance. Sé que esto me ha quedado un poco de libro de autoayuda, pero al césar lo que es del césar. Me gusta especialmente el equilibrio entre drama y humor contenidos que ha logrado el director en la película; buena parte la pasarás con una sonrisa en la boca (y, aunque no es mi caso, más de uno reía a carcajadas en la sala de cine) y la otra lo harás apreciando planos, palabras y gestos.

Lo peor: Puede que, en su búsqueda de sencillez, el final peque de una simpleza excesiva; eso de "a veces, una hoja en blanco es el mejor de los comienzos" suena a topicazo, además de que difumina la sensación final que deja la película (¿Por qué comenzar de nuevo? ¿Es que Paterson no es feliz con la vida que tiene? ¿O solo se está refiriendo a un nuevo cuaderno secreto, en cuyo caso, la frase es un poco grandilocuente?). También algún detalle de la relación entre Paterson y Laura puede resultar inquietante, y es que, si bien se alegran mucho de los triunfos y empatizan con las decepciones del otro, sus reacciones pueden parecer impostadas. No se enfadan, no se gritan, no lloran, no discuten. ¿Es, quizás, fruto de ese entendimiento lírico de la realidad del que hablabamos antes? ¿Es porque la pareja ha llegado a un grado tal de compenetración que no precisan ese tipo de respuestas? No sé, pero no estaría de más darle alguna de esas respuestas al espectador, aunque no olvidemos que el cine de Jim Jarmusch no suele tirar de la facilidad como estandarte.

En conclusión, Paterson logra ser una de las mejores películas de su director, todo ello con una calma pasmosa y una elegancia innata. A la espera de un segundo visionado de confirmación, se le debe un más que merecido 8.



El Caballero de Tinta

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