domingo, 18 de diciembre de 2016

Animales Nocturnos: la fascinación de la venganza

Volvemos a las andadas con una breve reseña cinematográfica de una de las obras que más me ha llamado la atención en las últimas semanas: Animales Nocturnos (ojo, no confundir con la potteriana Animales Fantásticos; aquí, desde luego que no los encontraréis).

Animales Nocturnos es la segunda película dirigida por el diseñador Tom Ford, y se basa en Tony y Susan, una de las obras clave del novelista norteamericano Austin Wright. Dentro del reparto principal nos encontramos con Amy Adams y Jake Gyllenhaal, cuyos papeles protagonistas apuntalan con fuerza los secundarios Aaron Taylor-JohnsonMichael Shannon. La cinta nos pone en la piel de Susan, una mujer con una vida superficial y llena de supuestos lujos al lado de su segundo marido, con quien mantiene una relación cada vez más fría. Un día cualquiera, Susan recibe un manuscrito con la primera novela de Tony, su ex-marido, que decide obsequiarla con su lectura por haber sido ella siempre su mejor crítica. Ella comienza a leer el libro y queda atrapada por la narración, de tal forma que sólo puede pensar en el argumento, lo que despierta sentimientos y recuerdos encontrados.

A partir de aquí, desarrollaré detalles de la trama, así que, el que avisa, no es traidor (es avisador, como siempre decíamos en mi casa). Ve al cine antes de seguir o continúa leyendo bajo tu responsabilidad.

Bueno, a lo que iba. El tema parece sencillo, ¿verdad? Pues de eso nada: detrás de un guión que, leído a vista de pájaro, podría parecer propio de una película de después de comer en domingo invernal, se esconde una obra culta, rodada de manera fascinante y con detalles (y fallos, claro está) que bien merece la pena comentar. Si bien la abundancia de trucos cinematográficos, imágenes para el desasosiego y tensión creciente hacen que uno pueda perder el rumbo durante su visionado, aquí huele a venganza, a una de las épicas, y ese es el verdadero tema de la película. La vendetta bien entendida como razón de la existencia.

Antes de nada, conviene fijarse en la estructura narrativa. El uso de recursos metaficcionales le da a esta obra un aire fresco que se aleja de los productos estrella en carteleras, más pensados para un público homogéneo que no busca romperse la cabeza con lo que ve. No os engañéis: Animales Nocturnos no le gustará a todo el mundo ni mucho menos. Me parecería excesivo decir que estamos ante un "o lo amas o lo odias", pero sí se trata de una obra que será paladeada con más fondo por los amantes de la inquietud. Como decía, a más de uno puede marearle o echarle para atrás el hecho de que los ciento quince minutos de cinta transcurran saltando constantemente entre escenas de la trama de Susan (y su insulso devenir diario) y la de la novela que esta lee (en la que el protagonista es una malograda versión de Tony). En general, Tom Ford ha optado por la contraposición: a la trama de Susan, que debería entenderse como la principal, le siguen únicamente soledad, hastío y decepción por la existencia que ella misma ha elegido; a la trama de Tony (al que nunca llegamos a ver en el "tiempo real" de la historia, donde solo aparece mediante mensajes de texto, como buen escritor), le sigue la tensión, la pasión y, porque no decirlo, la muerte (entendida como final de alguien que sí ha vivido). Podría decirse que Susan es, en realidad, una muerta en vida, mientras que el personaje novelesco de Tony cobra una importancia vital tan grande que llega a salirse de las páginas de la novela para interpelar directamente a la lectora y hacerle sufrir. Son las dos caras de la moneda. Una mujer cuyos días se hacen planos y en descenso como el guión de una mala historia, y un personaje literario que parece estar verdaderamente vivo, como el constructo del Dr. Frankenstein. ¿Y qué hay del escritor? Cómo digo, es un arquitecto de atmósferas, un demiurgo de destinos que ha optado por jugar con el destino de su ex-mujer. Así que un aplauso a la originalidad.

Se ha hablado mucho de la mano de Tom Ford en la fotografía final de la película y de si su efecto le ha dotado de un tono más frío o tan perfeccionista que transmite irrealidad. En mi opinión, el gusto por el detalle, si bien puede resultar apabullante en ciertos planos (la casa de la protagonista, la estética de ciertos personajes cercanos a su entorno, el restaurante de la escena final), contribuye muy notablemente al objetivo de la película: crear la emoción de una venganza muy calculada, donde nada sobra, donde, al igual que en la novela de Tony, cada pequeña muesca en los bordes del papel tiene su explicación. Se nota que el tipo se dedica a diseñar moda, pero eso no impide que la obra pida a gritos entrar en tu cerebro, golpearte duro y marcharse de un portazo con la sensación de que no sabes todavía qué ha pasado allí. Se hace, asimismo, un uso muy positivo de la figura enérgica del desierto como territorio dominado por la nada, como lugar donde todo es posible y donde se da origen a las leyendas o donde uno puede perder su identidad para no volver a encontrarla. Tonos amarillentos claramente escogidos como en un filtro de Instagram, sensación de frío permanente y composiciones armónicas incluso cuando los personajes se atizan de forma salvaje. Especialmente dura es la imagen de los cuerpos desnudos e inertes de la mujer e hija del protagonista de la novela, aparentemente dormidas sobre un sillón rojo en la parte trasera de un desguace abandonado.

Lo mejor: entre los detalles con los que me quedaría, el primero es el de la cuidadísima manufactura técnica de las tramas, que responden al desarrollo de la teoría de las dos historias de Ricardo Piglia. El punto más fuerte de esta bifurcación de canales está en la confluencia: cuando la protagonista deja de leer, horrorizada por las imágenes que se forman en su mente, tú desearás con todas tus fuerzas que siga leyendo, que desvele qué narices va a pasar a continuación. En conjunto, la tensión está tan bien llevada, que es. probablemente, lo mejor de la película. También me gusta mucho la actuación de Adams, de la que, en un principio, te compadeces pero de la que terminas por desconfiar abiertamente; me gusta más la interpretación de Gyllenhaal, cuyo personaje literario refleja al hombre normal actuando de forma normal (un gran punto aquí es su relación con la violencia, que va de más a menos en una progresión lenta pero lógica: frente a una parrilla televisiva en la que abundan clichés y se espera que todo ser humano reaccione siempre de las formas más violentas y salvajes posibles, tenemos a un tipo normal, que tiende a la supervivencia y que, como nos pasaría a muchos, no puede poner la mano en el fuego por si mismo ni por cómo actuaría ante un desafío aterrador). Siempre me gusta Michael Shannon, borda cada papel y utiliza sus recursos de manera excepcional: esos ojos que reproducen la intensidad del castigo de la justicia, que parecen forjados en vez de creados y que dan verdadero miedo. También me convence el antagonista, que resulta tan desagradable como posible; no cuesta mucho imaginar gente de esta ralea en unos Estados Unidos como los que las últimas elecciones nos han mostrado.

Lo peor: Las partes más flojas también las tengo claras. En primer lugar, en ocasiones se hace un uso innecesario de imágenes que, a sabiendas de que resultarán provocadoras, realmente no llegan a transmitir su verdadero mensaje o éste no casa con el tono principal de la película. Me acuerdo de la escena inicial, en la que bailarinas de cuerpos deformes y exageradamente grotescos se agitan en la pantalla durante varios minutos con todo lujo de detalles; ¿es una crítica al sistema consumista que intenta venderte lo innecesario hasta que, literalmente, explotas? ¿Una mofa de la imagen estereotipada y comercial de la mujer que se hace en el mundo actual? Ni lo sé ni, por mucho que lo intento, consigo saberlo. Por otro lado, no termina de convencerme el tratamiento de la historia sentimental entre Tony y Susan. No sé si se debe al abuso de estereotipos (artista incomprendido, escritor frustrado, madre autoritaria de moral férrea, abandono, aborto...) o a que no se le ha dado la puntilla como debiera. El final adolece de sencillez en una obra que, hasta el momento, tenía la complejidad narrativa y la profundidad emocional como sello inconfundible. El cierre de lujo debería haber llegado de la mano de algo impactante o inesperado (Tom Ford, sabemos que puedes hacerlo, llevas haciéndolo toda la película), no de una mera ausencia en un restaurante.

En conjunto, tenemos una obra que, siendo justos, oscilaría entre el 7 para los incrédulos (el esfuerzo visual bien lo merece) y un 8 para los convencidos (se aprecia la cuidada estructura de las dos historias). Corred a verla a las salas, aunque solo sea por el deleite sensitivo.


El Caballero de Tinta

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