miércoles, 2 de noviembre de 2016

Nuevas tradiciones

Me gritaba el dálmata de porcelana de la entrada. Me gritaban las paredes de gotelé. Me gritaba la naftalina que sale de los armarios, el hedor a leche agria y las miles de fotos en sepia que adornaban el mueble del salón. Pero aquel día, lo que más chillaba, lo que más me chirriaba, era la oscuridad plomiza que cubría la vivienda nada más entrar. No imaginaba que Amelia fuese a salir de casa quedando horas para la Noche de Difuntos, pero estaba solo. Su dormitorio estaba vacío, la cocina invadida por el habitual olor a bollos recién hechos y, en el salón, el cuco me recibió con su salmodia: cucú, cucú, cucú… las siete y media.

En cualquier caso, había que poner la mesa; cuidar ancianos solitarios no era mi plan preferido para la noche de antes de un festivo. Así que fui cambiando el mantel, recojo los cuchillos sucios de mermelada y la enorme bolsa de caramelos que había bajo la silla. Supuse que le habría dado por el dulce. Después, me recosté en el sillón orejero y me dispuse a esperar. Y esperé durante media hora, durante una hora… Cuando el pájaro de madera maldito dio las once, cuando noté que se me estaban cayendo los párpados, me impacienté. Esperaba que no le hubiera pasado nada, aquel dinero me venía bastante bien. Amelia era vieja, pero tan lúcida como para recordar lo que había comido las últimas dos semanas y con las mismas manos fuertes que debió tener en su juventud como matrona.

Fue al mirar hacia la entrada del pasillo, cuando descubrí una forma alargada que parecía haberse alineado con el marco en penumbra.

―¿Amelia? ―dije tragando saliva―. ¿Es usted?

Pero la anciana, si es que era ella, permanecía en silencio, y desde mi sitio no alcanzaba a distinguir sus facciones.

―¿Hace mucho que ha llegado? No he oído la puerta ―insistí.

Y, una vez más, la callada por respuesta.

―Está usted traviesa hoy, ¿eh? ¡Se ve que, al final, le va a gustar esto de Halloween! ―y mientras me levantaba del sillón, el corazón me empujaba desde dentro como un motor.

La luz tenue de la lamparita de cristal apenas iluminaba el salón, pero era la única encendida porque yo sabía que ella lo prefería así. Di el primer paso y sentí una punzada de nervios clavarse en las sienes. Di el segundo y la figura siguió allí, inmóvil como una gárgola dispuesta a saltar. Al dar el tercero, dos faros azulados por las cataratas me iluminaron de golpe.

―¿Jonás? ―resonó un graznido muy familiar―. No sabía que estabas aquí. Entre la compra y la misa, se me ha ido el santo al cielo. Perdona…
―Tranquila, Amelia, no se preocupe ―me paré en mitad del salón y respiré tranquilo―. Usted siéntese aquí, que ya me encargo yo de…
―¡No, no! Siéntate tú, que hoy estás de invitado y he hecho la cena ―dijo ella antes de dejar que el pasillo se la tragase de nuevo.

Mientras tomaba asiento, juguetee con la cucharilla, aún intranquilo. La visión repentina de una mujer que supera las ocho décadas me había formado un nudo en la garganta. Era una tontería, pero tanto misterio me había metido el miedo en el cuerpo. Sin embargo, los pasitos rítmicos de la anciana hicieron que fuera recuperando el ánimo. Uno corto, otro corto, uno largo; uno corto, otro corto, uno largo…

 ―Te he puesto un buen trozo ―me dijo al servirme un plato de empanada enorme, pero que olía a pura gloria―. Seguro que tienes hambre, y, si luego vas a salir y esas cosas que hace la gente joven…
 ―¡Hay que ver cómo me cuida, Amelia! Es usted un sol ―sonreí y el primer mordisco me envolvió en un sabor delicioso―. O sea que dígame, ¿ha estado usted fuera hoy entonces? Se habrá fijado en el ambiente que hay, ¿verdad? La gente disfrazada de fantasma, de monstruo de Frankenstein… ya sabe, nuevas tradiciones.
―Sí, me he fijado ―ella se sentó y masticó con expresión ausente―. Esta mañana han timbrado unos niños con caretas de colores. Y pedían chucherías mientras gritaban…
―¿Truco o trato? ―reí yo―. Ya sabe, antes se comían castañas y ahora se va por ahí mendigando caramelos. Supongo que les habrá dado usted algo de esa bolsa tan grande que he visto antes, ¿no? No sabía que fuera usted tan golosa.
―Ya lo creo que soy golosa ―me dijo alzando las cejas y levantando el dedo índice―. Y, hablando de dulces, voy a por el postre.

Amelia se levantó hacia el pasillo con sus pasitos cortos y cadenciosos. Era triste pensar que todo el consuelo que le quedaba a alguien de su edad era comerse un pastel de vez en cuando, pero lo suyo era seguirle el juego. Mientras me terminaba la empanada, pensé en cómo sería hacerse mayor, en cómo sería ver que las modas pasan y que uno va dejando de hacer pie en el río de la vida. Los doce cucús del reloj me devolvieron a la realidad. Luego, se escuchó a la anciana arrastrando los pies. En las manos, llenas de tajos y morados, traía una bandeja. Y en la bandeja, una especie de huesos de santo algo renegridos, que parecían pegados a un líquido viscoso y rojizo.

― ¡Truco o trato! ―me dijo guiñando un ojo―. Si te ha gustado la empanada, estos te van a encantar. Al principio, gritaron un poquito cuando vieron el cuchillo, pero comer y cortar, todo es empezar. Ya sabes, nuevas tradiciones.


El Caballero de Tinta

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