domingo, 1 de mayo de 2016

De cómo Don Quijote desfizo el moderno encantamiento

“Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos…”
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes (1615)

Quiso la pluma que el ínclito de la Mancha, diciéndose hidalgo de vieja cuna y caballero siempre en liza, viniese a parar, por una puerta de esas que no se explican, a unos días para él modernos y mucho más lejanos que los que conocía. Iba, según parece, el que llaman Don Quijote acompañado por su Sancho, ambos en sendas monturas y seguidos por el galgo, cuando mudoles la vestimenta, evaporáronse los caballos y viéronse caminando solos por un paraje que no era el suyo de antaño. Explicoles un viandante que habían cambiado de siglo, que pisaban las calles de Madrid, y que era nueva capital de España, cuna de grandes mentes y solaz de más de un ministro.

Supo Quijote entonces, que aquel sería mal asunto, pues se hallaban en plaza desconocida de un tiempo que no era el suyo. A buen seguro ha de ser nuevo encantamiento del odiado Frestón, quejóse el caballero, que no contento con cambiar gigantes por molinos, entretiene su alma oscura con tan vil truco. Ataviado el de la Panza con aquel rojo chándal de tres líneas blancas y el mismo Alonso en camisa negra y mallas, es cierto que era un escándalo verlos cruzar las calles, con los ojos enturbiados por las luces y sonidos ensordecedores, que más tarde aprendieron provenían de automóviles y ciclomotores. ¡Mirad por donde vais, mamarrachos!, gritole uno a Sancho, a lo que el escudero respondiole haciendo una peineta y quedándose tan ancho. Tened cuidado, advirtiole el Quijote a su criado, que por nueva es tierra desconocida, y estos españoles no han de ser mejores que los nuestros.

Sin embargo, aunque los días pasaban raudos y ellos se convinieron con las nuevas gentes de la villa, que dábanles pastas para comer, unas mantas por las noches y alguna que otra botella, no hallaba Don Quijote forma de desfacer la magia aquella. Repasaba el periódico una mañana de buen tiempo cuando un rayo de lucidez cruzole el pensamiento, ¿y si volver a la Castilla que ahora dicen la Nueva rompiese el encantamiento? Bastole, como buen lector, un rastreo de publicaciones diarias para entender la situación. Hacía meses que gran parte de los terrenos de la Mancha se encontraban en recalificación, pendientes de derribo y esperando nuevo destino: en pleno centro de la comarca habría de instalarse un macro casino, uno grande, uno de esos a los que vienen gentes de todas partes a dejarse los dineros que no tienen para salir incluso con menos que antes. ¿A qué puede deberse tremenda villanía, hervía el caballero, como puede alguien prestarse a sufrir tamaño entuerto si no es por injusticia? Sabía, sin embargo, que el vil metal todo lo puede, y era gran rumor que los funcionarios de entonces, también aceptaban como dádivas jamones y relojes, guardabanse billetes en sobres y hasta mercábanse grandes botes. Nada nuevo, entendió Quijote, la única diferencia es que hoy ya no se lleva el bigote. Tomo pues, la decisión de la aventura definitiva, y obligó a su escudero a procurar vistosas armas en un comercio asiático para después partir en pequeña comitiva, cogiendo un tren al día siguiente y plantándose en la Mancha de repente. Con espadas y escudos de plástico chino, ¿pretendía Don Quijote liberar a aquellas gentes?

Sin embargo, Sancho, que aún andaba temeroso, no temía el encuentro de su señor con una nueva dama del Toboso: entrábale pavor de pensar en toparse con los molinos que Alonso
confundiera con gigantes deshonrosos. Y ese momento hubo de llegar más pronto que tarde, cuando empeñado en encontrarlos, topóselos delante, rodeados por excavadoras en movimiento y máquinas de demolición muy, pero que muy, grandes.

¡Quita de en medio, viejo!, imprecole un operario. ¡Apartaos vos de ellos, malditos, bramó Don Quijote, ved que no son gigantes sino molinos, y no permitiré que vosotros, cochinos, los destruyáis con vuestros colmillos! Tras esto, Don Quijote corrió hacia las máquinas y asestole tremendo espadazo a la pala de una de ellas, con tan mal resultado que dobló el arma y cayó sobre sus espaldas. Sancho no perdió tiempo en socorrer a su maestro, mas este, fiero y desquiciado, soltó el brazo que su escudero le ofrecía y, tras mirarle duramente, pronunciose. Fíjate, díjole a su criado, que es tremenda bahorrina esta que aquí se concentra, y no merece por menos de blandir el hierro para botarles de esta tierra. Mira, amigo Sancho, que hoy los gigantes son otros y escóndense tras nobles vestiduras, es fácil caer prendado de sus corbatas y juzgarles por sus florituras. ¿Quién no querría parecerse a ellos, gozar de sus prebendas, lograr sus pertenencias? No te dejes comprar, viejo amigo, algunas cosas valen más que la gloria que el dinero trae consigo.

Tras este soliloquio, levantose el Quijote, agarró bien su quebrado estoque y al grito de “¡Pardiez que habréis de morir por mi mano, monstruos ruines!”, arremetió de nuevo contra una demoledora. Quiso la suerte, mala se entiende, que el operario activase en ese momento el botón de encendido, aplastando a nuestro héroe contra el suelo y pareciendo que habíale destruido. El bueno de Sancho no pudo evitar las lágrimas, ¿habría éste de ser de su señor el final? ¿Morir en singular batalla contra un artilugio que no era ni animal? Acercose el escudero a la pala para sacar lo que hubiera debajo… y fue grande su sorpresa cuando vio que, al irse Don Quijote, tan sólo había dejado libros, pergaminos y legajos.


El Caballero de Tinta

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