domingo, 31 de enero de 2016

Los Odiosos Ocho: la esencia del mejor Tarantino

Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight en v.o.), el octavo largometraje escrito y dirigido íntegramente por Quentin Tarantino, está por fin en cartelera. Tras verla hace un par de fines de semana, tengo muy claro mi veredicto: el mejor Tarantino ha vuelto a las taquillas para traernos una joya al nivel de sus primeras obras.

Se dice que su cine es cómo las opiniones de Pérez-Reverte, Torrente, el golf y el brócoli: o lo amas o lo odias. No tengo problema en reconocer que estoy más cerca de lo primero que de lo segundo. Ahora bien, eso no significa ser un mulo ciego ni un megafriki defensor de cada escupitajo que pueda llevar la firma del director (de hecho, no soy un gran fan de Death Proof, no disfruté demasiado Jackie Brown y prefiero Reservoir Dogs a Kill Bill). Dicho esto, que empiece el festín.

Bien, nuestra historia nos invita a subir a una diligencia que atraviesa los vastos y nevados parajes de Wyoming (EEUU). El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell), apodado la “Horca” y temido por sus métodos, transporta a la presunta asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) para llevarla ante la justicia en el pueblo de Red Rock, cuando se encuentra con dos pasajeros inesperados: el Mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado yanqui afroamericano también reconvertido en cazarrecompensas, y el supuesto nuevo sheriff de Red Rock, un charlatán llamado Chris Mannix (Walton Goggins) más conocido por ciertos antecedentes familiares de carácter violento y racista. Una terrible ventisca obliga a estos cuatro mosqueteros del Mississippi a hacer noche en una solitaria posada conocida como la Mercería de Minnie. Para completar el cóctel, allí se encontrarán no con la tal Minnie, si no con cuatro sujetos más inquietantes que un cuadro de Munch. El posadero suplente tiene un fuerte acento mexicano y se hace llamar Bob (Demián Bichir), el sillón está adornado con el viejo y silencioso general confederado Sandy Smithers (Bruce Dern) y hay un tipo inglés que dice ser Oswaldo Mobray (Tim Roth), verdugo local. En una esquina, el enigmático vaquero Joe Gage (Michael Madsen) escribe lo que dice que son sus memorias.

Advierto al incauto lector de que, en este artículo, destriparé detalles de la trama o “haré spoilers”. “No, pero es que yo…” ¡Pero es que nada! Ráscate la cartera, acércate a los cines en v.o.s.e. más cercanos y deja de quejarte. Ya sabemos cómo se las gasta el de Tennessee y no creo que quieras hacerle enfadar. Después, si quieres, seguimos con la cháchara.

En lo que se refiere al guión, el director se remonta a sus orígenes para rodar ciento sesenta y siete espeluznantes minutos de tensión creciente y ambientada en unos Estados Unidos violentos y muy marcados por la reciente y sangrienta huella de la Guerra de Secesión. El esquema de Reservoir Dogs se repite aquí (aunque a mayor escala por haber más personajes) y nos encontramos con varios tipos mal encarados y ganas de gresca que se ven obligados a compartir techo durante apenas una noche. Cómo era de esperar, tras horas de afilados diálogos, sospechas y acusaciones más o menos directas, se arma un tremendo follón de pólvora y sacudidas varias que termina en un buen baño de kétchup. ¿Qué sería si no, una película de Tarantino? Ahora bien, de alguna manera, el amigo se las ingenia para mantenerte en vilo a lo largo de la que, junto con Django Unchained, es su cinta más extensa hasta la fecha. Esa sensación de que algo grave va a pasar no te abandona y se va agrandando a medida que los conflictos, nuevos o antiguos, entre los personajes van saliendo a relucir. En mi muy humilde opinión, no muchos directores actuales son capaces de semejante proeza argumentativa, que creo se debe, sobre todo, a la precisión milimétrica con la que cada detalle del contexto, los diálogos y los personajes ha sido elegido. Habrá quien piense eso, que tratándose de quien se trata, es fácil meter litros de sangre gratuitos para lograr el aplauso de la crítica más gore y descarnada; no sería tanto así en este caso, donde buena parte de esos litros se comprimen en una parte relativamente pequeña de la película, al menos si la comparamos con todo lo demás. Y seamos sinceros: ¿acaso hay alguno de nosotros que no se esperase la típica imagen de cuerpos moribundos arrastrándose sobre la nieve con el consiguiente rastro de sangre roja en contraste con el puro y gélido blanco? ¡Pues siento decepcionaros! No encontraréis cosas tan evidentes en Los Odiosos Ocho, y creo que es un acierto. Lo fácil hubiese sido hacer correr a los personajes por una ventisca temible para “darles matarile” entre agónicos gemidos ahogados por el viento; lo difícil, que es lo que hace Tarantino aquí, es que todo eso tenga lugar en un escenario indoor que resulta tanto o más opresivo y desesperanzador que la nieve que rodea la Mercería de Minnie. El juego de alianzas, duelos dialécticos y bandos se sucede de tal forma que es casi imposible acertar quién (o en qué circunstancias) saldrá vivo de allí. Me recuerda, de alguna manera, al juego de la patata caliente, sólo que ésta papa acabará pringándoles a todos ellos. ¿Es un wéstern? No del todo (Django Unchained sigue más la línea clásica del cine del oeste, pero The Hateful Eight tan sólo está ambienta entonces). ¿Es cine gore? Sería excesivo calificarlo así (la ración de sangre es generosa, pero otras de sus obras son mucho más cruentas que ésta). Conclusión: puro Tarantino desencadenado. Bravo, bravísimo, Quentin.

Por lo que respecta a las interpretaciones, que son otro de los puntos fuertes de la cinta, destacaría a un Kurt Russell en estado de gracia con un papel que le viene como anillo al dedo. El otrora llamado Serpiente Plissken borda la imagen de cazarrecompensas bruto y pagado de sí mismo que se considera más listo que la media. Uno de los mejores descubrimientos del cine “tarantiniano” es el actor Walton Goggins. Su personaje, por irritante y necio, no despierta afinidad en un principio, pero cobra una importancia desmedida según va avanzando la trama y hasta acaba pareciendo majete. Gran acierto. Samuel L. Jackson, en su habitual rol de negro vengador, furioso y perspicaz, ofrece al público justo lo que quiere: a Samuel L. Jackson haciendo exactamente eso (en el fondo, estoy convencido de que resulta tan convincente porque es uno de esos actores que se interpreta a sí mismo, como sucede con Robert Downey Jr.). Hablando de él, poco más tengo que decir de LA escena (sí, todos sabéis de lo que hablo), capaz de cambiar en un segundo la percepción que se tiene de un personaje, hasta entonces, más o menos simpático a ojos del espectador. Otro de los actores fetiche de Tarantino, el camaleónico Tim Roth, hace exhibición de talento discursivo y correctísima dicción guiri (impresionante la reflexión sobre los dos tipos de justicia) para dibujar a un personaje atractivo que al final se revela como English Pete Hicox, bandido perteneciente a la banda del malogrado Jody Domergue (interpretado por un fugaz, nunca mejor dicho, Channing Tatum) al rescate de su hermana cautiva. Ésta última, en la piel de Jennifer Jason Leigh, se convierte en otro de los grandes puntales del argumento con sus exabruptos, canciones de guitarra y aspecto rudo, hasta tal punto que es capaz de inspirar compasión y resultar repulsiva casi al mismo tiempo. El resto de la banda de Domergue hace una actuación de, quizás, menor entidad, pero no por ello menos interesante. Demián Bichir, ese actor con nombre de novela de Hermann Hesee, se entierra en kilos de pieles para interpretar al posadero Bob, también llamado Marco el Mexicano, al que no le hubieran venido mal algunas líneas más de diálogo (resulta demasiado arquetípico). Michael Madsen es, bajo mi punto de vista, el más desaprovechado de los intérpretes en Los Odiosos Ocho, ya que su aspecto intimidante y mastodóntico bien pudiera haber servido para amedrentar al personaje de Jackson o al de Goggins, sobre todo al final de la película. En cuanto a Bruce Dern, su forma de insuflar vida al muy xenófobo y temperamental general confederado resulta muy convincente; además, su muerte sirve como punto de encuentro entre varios de los hilos argumentales (el enfrentamiento racial, la pugna entre Daisy Domergue y John Ruth o la eliminación del único testigo de lo ocurrido con Minnie y su gente).

La fotografía, que está muy cuidada, retrata un ambiente desangelado y agobiante, perfecto para contar una historia ruda e inclemente como esta. La elección de colores no es casual, y se reparte armónicamente de forma tal que llama la atención justo donde a nuestro perturbado maestro del cine le interesa: la peligrosa cafetera azul, las grageas rojas o la bufanda gris del Mayor Warren que resalta sobre su casaca azul y amarilla de soldado yanqui, son tan sólo una pequeña muestra. Por otro lado, uno de los elementos más especiales del filme lo constituye la música, a cargo del todopoderoso Ennio Morricone, tan grande que apenas necesita presentaciones. A pesar de ser el firmante del apartado sonoro de varias de las obras más reconocidas de Tarantino (Kill Bill 1 y 2, Django Unchained, varias piezas de Inglorious Basterds), el compositor italiano había jurado que no volvería trabajar con él por el excesivo uso de la sangre y el racismo en sus historias. Por fortuna, las palabras se las lleva el viento y The Hateful Eight luce una banda sonora sobria, pero de altura, poblada por instrumentos de viento profundos y poderosos y una sección de cuerda para los momentos más tremebundos.

Tarantino nos tiene acostumbrados a un cine muy referencial y lleno de guiños tanto a sus propias películas como a obras de otros autores. Ésta no es una excepción, y nos encontramos así con varios símbolos bien traídos, como la emotiva carta de Lincoln al Mayor Warren, que, en cierta medida, recuerda al famoso maletín de Marcellus Wallace del que nunca se llega a conocer el contenido. Si bien la carta es leída en alto al final de la película, tampoco llegamos a saber si es un manuscrito real o si, como aduce el propio Warren en un momento dado, se trata tan sólo de una falsificación que poder utilizar como salvoconducto. Decisión a gusto del espectador que puede condicionar enormemente la percepción acerca del mensaje de la película. Más allá del clásico tabaco Red Apple (inexistente) que se fuma en casi todas sus obras  o de que English Pete Hicox sea bisabuelo del Teniente “Archie” Hicox (Michael Fassbender) de Inglorious Basterds, otro de los mensajes recurrentes de su filmografía es el de la emancipación de los afroamericanos respecto de los blancos, que, una vez más, ha servido como pata de apoyo para una línea argumental ambientada en el conflicto de las dos Américas aparentemente irreconciliables. Más de uno habrá notado también que, el hilarante diálogo entre Daisy, John Ruth y Warren acerca del uso de la palabra nigger no es sino una respuesta contra aquellos que critican a Tarantino por lo mismo (por ejemplo, Spike Lee). El director se “burla” de ellos haciendo que, tanto el propio Jackson como Russell, entre otros, la tengan en la boca casi constantemente, sin que por ello se deduzca que se trata de personajes necesariamente racistas como el general Sandy Smithers. Llegados a este punto, debo decir que disfruté como un niño de la inestable y cómica alianza entre Warren y Mannix, que todo el tiempo pende de un hilo y tiene “feliz” desenlace para ambos a pesar de sus dispares orígenes y trayectorias vitales. ¿Y si son, tan solo, hombres buenos que han hecho cosas malas?, me dije. ¿Hasta qué punto un hombre puede seguir considerándose bueno después de cruzar ciertas líneas? ¿Existe la redención? ¿Puede llevarse a cabo matando a otro hombre? Todas estas preguntas y alguna más se me quedaron flotando en la mente después de los últimos compases. Como remate, quizás me quedaría con que, a pesar de todo, ambos consiguen superar esa especie de determinismo absurdo que les viene impuesto por ser blancos/negros; así, cuando Mannix tiene la oportunidad de acabar con un malogrado Mayor Warren para avenirse con su “semejante” Daisy Domergue y salvar el pellejo, decide no hacerlo. Quizás, sólo quizás, ha comprendido que, a pesar del color de piel, tiene más en común con ese hombre moreno que se desangra tras él (aunque tampoco sea un santo) que con la salvaje y desquiciada asesina a la que ahorcan.

Lo mejor: La tensión a lo largo de todo el filme es su punto fuerte. Como siempre, muchas de las conversaciones merecen un pin y ciertas escenas serán recordadas con claridad. Las interpretaciones de Jackson, Russell, Goggins, Roth y Leigh.

Lo peor: Ciertos personajes (Bob, Joe Gage, Smithers) son demasiado arquetípicos y no hubiera estado de más haberles dado algún matiz de originalidad. Más allá de eso, tengo entendido que los “gloriosos” 70 mm en los que se grabó la cinta permiten disfrutar de ella en un formato gigantesco; ahora bien, según parece, sólo hay un cine en España que todavía reproduce en ese formato mastodóntico e inmanejable, y no creo que The Hateful Eight esté tan plagada de vastos parajes y enormes paisajes como para que sea imprescindible verla así. Quentin, tío, a veces, se te va bastante la olla.


Cerramos con el tema de apertura. ¡Ah!, y mantened cerca vuestros revólveres…nunca se sabe.



El Caballero de Tinta

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