lunes, 1 de junio de 2015

Primavera Sound 2015: crónica de la última jornada


El Primavera Sound. El mastodonte de los festivales españoles. La meca del hipsterismo (supuestamente) ilustrado. El evento más cool trendy de cuantos epítetos guiris se os puedan ocurrir para indicar "molonismo". Ese inmenso fiestón musical que dura varios días y que revoluciona la escena alternativa barcelonesa año tras año. Aunque había oído hablar de sus "bondades" en varias ocasiones, es la primera vez que voy, y eso que llevo ya llevo un buen tiempo viviendo en la ciudad condal. Debo decir que no me habría animado de no ser por el infame arquitecto de los solos (Lázaro, para los amigos), que me incitó al tema el pasado domingo por la noche: "Oye Caifás, ¿y si nos compramos entrada para el Primavera el finde que viene, así de calentada?" Hell yeah. Nos hicimos con entrada para la jornada de cierre, la del sábado 30 de mayo, y nos congratulamos con nuestra gran decisión. Y el dios del rock'n'roll vio que era bueno.

Imagen propiedad del autor
Así, llegó el día. Tras la correspondiente recogida de pulserita y tarjeta, hicimos algo de tiempo hasta la primera de nuestras paradas: Patti Smith, leyenda musical de la generación beat y reconocido icono mundial de la canción protesta americana. La de Chicago ya había deleitado al moderneo barcelonés el día anterior volviendo a tocar su álbum debut, Horses, ante una masiva afluencia; nosotros íbamos a tener la suerte de verla en petit comité en el Auditorio Rockdeluxe, con un aforo limitado a tres mil personas. La abuela del punk se presentó a las cuatro de la tarde en formato acústico y con eso que llaman spoken word. El repertorio fue más ecléctico que el del viernes, e incluyó tanto clásicos como Because the Night como canciones más nuevas (This is the Girl, de su último disco), canciones dedicadas a su nieto recién nacido, y hasta una divertida versión (con momento de humor incluido) de Perfect Day de su difunto amigo Lou Reed. Se marcó algún que otro detalle con un público entregadísimo (los de las primeras filas no pudimos resistir la tentación y, hacia el final del concierto, nos agolpamos a sus pies coreando cada estrofa) e incluso invitó a subir al escenario a un afortunado chaval, al que cedió su guitarra durante un tema. Seguramente, este tipo no querrá cambiarse de ropa durante las próximas semanas. Yo tampoco querría. Impresionante voz y todavía más grande presencia sobre el escenario. Esta mujer transmite a la vez una fuerza y una paz que son difíciles de ver en muchos artistas actuales. Supongo que además de con su enorme talento, tendrá algo que ver con el hecho de haber sido coetánea de los grandes y haberles mirado directamente a los ojos: Bob Dylan, Bruce Springsteen, Iggy Pop, el mismo Reed...en resumen, todo un placer ver a un alma rockera en acción y comprobar que ha envejecido con dignidad, conservando casi plenamente aquello que la hizo famosa (nota mental para los Sres. Morritos y compañía). Ya casi habíamos amortizado la entrada.

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El grupo neoyorquino Swans era el siguiente en tocar en el Auditorio, así que nos quedamos esperándole. A Lázaro le habían hablado muy bien de estos "cisnes"; yo no había escuchado nada de ellos, pero me picaba la curiosidad. ¿Qué grupo de rock serio puede llamarse con el nombre de un animal de apariencia delicada e inofensiva? Ingenuo de mí. Todavía no sabíamos la que se nos venía encima, aunque la disposición del escenario ya nos daba cierta idea de cómo se iban a desarrollar las siguientes compases de la tarde: un buen montón de altavoces, dos guitarras, un bajo, un slide, platos, bombos, un trombón de varas y hasta un gong. Todo bien junto y apelotonado. Un hombre de apariencia teutona (su nombre, Thor Harris, ya lo dice todo) se sitúa delante del gong y empieza a golpearlo de forma rítmica. Un golpe. Otro golpe. Luego, otro más fuerte. Poco a poco, los integrantes de los Swans van apareciendo en escena: tipos enjutos, misteriosos y con un peligroso aire cowboy. Su líder, Michael Gira, recuerda mucho a uno de esos viejos proscritos americanos de las películas del oeste, respetado por su banda y temido por sus enemigos. Ciertamente es un tipo carismático, con clase. Con un gesto de su mano, nos invita a acercarnos al escenario, así que volvemos a plantarnos a apenas tres metros de los músicos. Comienza el show. Hago aquí un pequeño excurso para remarcar que soy un asiduo escuchador de rock, metal y música calificada habitualmente de "dura". Sin embargo, bajo ninguna circunstancia podía imaginarme lo que me iba a encontrar a continuación. La introducción épica y de tintes melancólicos a cargo de la percusión del amigo Thor, dio paso a un un lamento salido desde el mismo corazón del infierno. Riffs potentes, repetitivos y pesados comenzaron a tejer una masa de sonido densa y sórdida que se adueñaba de la sala como si de la negra sombra de Rosalía se tratase. No tocaban más rápido, ni con más volumen o contundencia que muchos otros grupos, pero había algo diferente en ellos: era como si estuviesen tratando de domar la tormenta. A mi alrededor, podía ver al resto del público entrando en una especie de trance. Los Swans se habían dejado poseer por el oscuro espíritu de la música y no hacían prisioneros. Guiados por un Gira totalmente chamánico, los "cisnes" se sacaron de la manga un concierto larguísimo y memorable. Si se celebrase algún tipo de festival en la Laguna Estigia, estos tipos serían cabeza de cartel. Brutales.

Todavía algo aturdidos tras las casi dos horas de "swaneo" desmadrado, nos dirigimos a refrescar el gaznate. Ni que decir tiene que pararse a contemplar la fauna del Primavera es ya un buen espectáculo per se, así que mientras dábamos una vuelta por los escenarios del Parc del Fórum, fuimos escuchando bandas como American Football, Foxygen (todo el grupo está como una cabra) o la virtuosa Tori Amos, entre otros. Es bonito ver gente con camisetas de Joy Division y Vetusta Morla disfrutando todos juntos de la música, sin otra pretensión más allá de pasar un buen rato entre amigos con independencia de cual sea su estilo preferido. Supongo que el indie es lo que tiene: "buenrollismo" Ray-Ban ante todo. Bueno, basta ya de sentimentalismos, que a este paso acabará gustándome La Casa Verde, El Perro Morado o La Silla Amarilla (sic).

Uno de los platos fuertes de la jornada (para mí, en los primeros puestos del podio junto con la incombustible Patti) era el grupo de rock alternativo Interpol. Su música me ha cautivado desde la primera vez que escuché aquel fulgurante Turn on the bright lights hace ya unos añitos y, aunque ya no les seguía la pista como antaño, tenía bastantes ganas de verlos en directo. Los de Nueva York no defraudaron y se marcaron un repertorio bien surtido de sus mayores éxitos, ya saliesen del reciente El Pintor o del aclamado Our Love to Admire, que la gente coreó y bailó con devoción. Un verdadero gustazo disfrutar de Rest my Chemistry o la siempre conveniente Leif Erikson, entre otros muchos. La banda llevó a cabo un concierto casi perfecto, con la mala suerte de que las pantallas perdiesen la conexión y se estropeasen hacia el final. Sin embargo, esto no fue obstáculo. Paul Banks, elegante ante todo y armado con esa genial voz de influencia Morrisey, se disculpó en un castellano digno de alabanza del que hizo gala varias veces, y siguió adelante. Estos caballeros crean escuela. Se notaba que la ejecución de los temas era impecable, que los instrumentos sonaban justo al volumen que debían y que no había ni un sonido discordante. A pesar de esto, Lázaro me comentó que hubiese sido de agradecer algún que otro detalle haciendo más larga alguna canción o versionando un tema ajeno, que siempre gusta. Es algo que ni ellos ni prácticamente ninguno de los artistas que vimos hizo, pero entiendo que los festivales funcionan así y no hay tiempo casi ni para bises. De todas formas, mis nueve puntos (y medio, si se puede) van para Interpol. 

Media hora, una hamburguesa y varias cervezas después, nos acercamos un rato al escenario donde tocaban The Strokes. Ninguno de los dos teníamos demasiado interés en ellos, así que no nos dolió demasiado perdernos más de la mitad del concierto degustando el grasiento manjar. A juzgar por las migraciones de público, no eramos los únicos con esta concepción de su música. Aún así, estaría mintiendo si dijese que no fue, con diferencia, el grupo que más público atrajo. Los (también) neoyorquinos tocaron sus temas más conocidos (Reptilia, Is This It, You Only Live Once...), todos seguidos y con falta de salero. Julian Casablancas parecía no tener ganas de cantar, y su aspecto a caballo entre Melendi y Cocodrilo Dundee no ayudaba demasiado. Si hubiese que batirles en duelo con sus vecinos Interpol, estos últimos les habrían pegado un buen repaso tanto en calidad musical, como en presencia sobre el escenario. Es una pena ver como un grupo que ha sido calificado entre los mejores de la última década, puede mostrar tal apatía ante un público expectante. Aixi, no anem be, que dirían por aquí.

Imagen sacada de www.bandsintown.com
Había entrado la madrugada y teníamos sitio en las primeras filas para Underworld, el dúo inglés de música electrónica. Con una presentación sobria y sensual, los ritmos electrónicos y la voz de Karl Hyde construyeron un concierto para el disfrute, en el que, quien no bailaba, era porque no estaba allí. Admito que, de primeras, no me acordaba de ellos, pero Cowgirl y su I am invisible, me devolvieron mis recuerdos. ¿Que es música electrónica y no tiene la complejidad instrumental de los grupos convencionales? Tranquilo, amigo, no te adelantes, porque esta pareja de hijos de la Gran Bretaña es capaz de alternar ritmos discotequeros irresistibles con otros más tranquilos y refinados, e incluso meter algún tema de guitarra entre medias que te ayudará a bajar el pistón por unos minutos. Bravo por unos pesos pesados de los teclados y la experimentación.

El resto de la noche, la pasamos entre Caribou y DJ Coco, aunque el cansancio del día había hecho buena mella en cuerpo y mente, así que nos retiramos honrosamente tras este último, poniendo punto y final al Primavera Sound 2015. Si tuviese que subrayar algo, seria la variedad de la oferta musical, que cubre diferentes estilos y fomenta que todo tipo de gente pueda pasarse por allí para encontrar algo de su gusto. Un gran acierto. Otro de los puntos a destacar del festival es su magnífica organización; habida cuenta de las miles de personas de público, tiene verdadero mérito que todo saliese correctamente. No se echaban en falta baños, puestos de comida, zonas de descanso e incluso una caseta para carga de móviles. Salvo cataclismo nuclear o apocalipsis zombie, no dudéis que volveremos a vernos los rostros por allí el año que viene.

Así, sí que apetece irse de festival, buddy.



El Caballero de Tinta

PD: Mi recomendación del día pasa por escucharse el ya clásico álbum de Interpol, Turn on the Bright Lights. ¡Que lo disfrutéis!


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