domingo, 21 de diciembre de 2014

El peligro de las grandes palabras

Hay gente que habla muy alto. También hay gente que maldice, suelta improperios, tacos y expresiones malsonantes de forma continua. Hay otra que habla mucho (alguna incluso muchísimo) y sin descanso. Hasta hay quienes se han llevado el pack completo. Sin embargo, y aunque nadie es perfecto, creo que los más peligrosos no son aquellos que gritan, aquellos que juran en arameo o aquellos que parlotean sin pausa. Ni siquiera los que hacen todo lo anterior a la vez (máximo respeto: estos sí que son unos fuera de serie y no los del Tú sí que vales). Ninguno de ellos: para mí, los peores y más abominables son los que siempre, de forma interesada, utilizan "grandes palabras".

Una vez, escuché a alguien decir que "las grandes palabras pueden servir para hacer buenos resúmenes, pero también pueden ser el disfraz más hábil de la ignorancia". Bueno, para ser exactos, la frase fue en inglés y algo distinta ("maybe you think you have done a nice work, but those who don't know what they are talking about, they always use big words"), pero permítanme la licencia de hacer mi propia adaptación libre. El profesor se estaba refiriendo a un alumno que había respondido confiadamente a una pregunta, pero al ser interrogado por el primero, no se atrevió a salirse de la frase general que había memorizado. Le recordó entonces el profesor que aquellos que no saben de lo que hablan, temen bajar al detalle, temen ser preguntados y tener que contestar algo que, probablemente, no conocen. A pesar de esto, y como ya he mencionado antes, aquel que ignora algo de lo que habla puede ser peligroso, pero hay otra clase de personas más oscuras, que quizás fijándose en lo fácilmente que una idea puede calar en la mente humana a través del vocablo, se valen de los más generales, los concretan lo menos posible de forma intencionada y los aplican a casi cualquier situación y circunstancia.

Decían de los apóstoles que por sus obras se les conocería, pero a estos "iluminados" se les identifica por su piquito de oro: son unos asiduos de las expresiones valorativas genéricas como bien y mal (y sus queridos retoños bueno y malo), mejor y peor, fácil y difícil, la mayoría y la minoría, o rápido y lento, si bien sus preferidos son, sin duda, los conceptos abstractos o difícilmente definibles sin polémica, como país, nación, tierra, pueblo, libertad, derechos, justicia, democracia, valores, costumbres...¿quiere decir esto que estamos ante palabras vacías o sin significado? ¡NO SEÑOR! Todo lo contrario: se trata de términos tan importantes, tan delicados y complejos que no deberían utilizarse para referirse alegremente a lo que, en un momento dado, parezca conveniente. Para completar la receta, utilizan oraciones impersonales o en primera persona de plural; esto denota que, bien buscan parapetarse tras la seguridad que da el no sujeto ("debe hacerse esto o lo otro", "no se llevará a cabo tal cosa"...) bien tras la multitud que creen que puede servir a sus propósitos ("estamos trabajando en ello", "hemos conseguido alcanzar este superávit"...).

¿Cómo distinguir a un "granpalabrero"? Muchos de ellos tienen posiciones en las que pueden llegar a un gran público e influenciar sus actuaciones y forma de pensar; no es extraño que muchos se dediquen a la política de todos los colores, a ciertos tipos de periodismo y a otras profesiones en las que la comunicación es el vehículo principal. Su táctica consiste en apropiarse de esos términos generales y dotarles de un significado interesado dentro de su discurso con fines electorales o propagandísticos. Pensemos ahora cuantas veces hemos escuchado de sus bocas y leído en sus páginas expresiones como "el pueblo español" o "el país catalán" (entiendo que se refieren absolutamente a todos los españoles y catalanes...¿o solo a los que interesa para dar fuerza al argumento de turno?), los valores de este o aquel colectivo (catalanes, vascos, andaluces, etc), "nosotros defendemos la libertad" (¿la de quien? ¿la suya? ¿la de algunos? ¿la de todos? ¿qué supone esa libertad?), "debe hacerse justicia" (parece que solo interesa hacer justicia con algunas cosas y en algunos momentos), "nuestra tierra" (un clásico cuando se habla sobre inmigración), "la democracia es (insertar aquí cualquier concepto que nos convenga)", "estaos mejor que hace cuatro años" (para hablar de lo fenomenal que lo ha hecho un partido político y lo fatal que lo hizo el anterior), "la mayoría de los..." (expresión top para generalizar y crear un estado de alarma en el receptor del mensaje sobre la situación actual), etc...

Existe otro tipo de grandes palabras a las que debemos temer y respetar, si bien no del mismo modo que a las anteriores: vida, muerte, felicidad, tristeza, amor, éxito, tiempo, fracaso o progreso, entre otras, poseen un potencial enorme para evocar según qué representaciones mentales en la cabeza de quien las escucha. Entre los "granpalabreros" aficionados a esta categoría, encontraríamos a ciertos filósofos y escritores. Aunque, una vez más, nada tiene de malo su uso per se, es de su abuso de lo que debemos desconfiar: de quien únicamente cite estos términos en frases sencillas, los repita demasiado y no los desarrolle. Pídale (figuradamente, claro) a su escritor preferido que ahonde en ellos y huya de los tópicos, exíjale que le dé su verdadera impresión del amor y sus entresijos, que no le abandone en las inmediaciones de la tristeza y sin tenderle una mano para sostenerle y con la otra señalarle el camino de dónde procede ese sentimiento.

Todo lo anterior no sirve sino para resaltar la imperiosa necesidad de ojo critico que existe hoy en día: aquel que se crea poseedor de la  verdad, de un solo significado cerrado e incontestable, está profundamente equivocado. Los poderosos desde sus estrados, los líderes de opinión desde sus redacciones, buscan cada día nuevas formas de penetrar en la mente humana a través de armas afiladas lo más simples (que no sencillas) posible y, ayudados por la sobreexposición informativa a la que el individuo del siglo XXI está sometido, van modelando poco a poco sus gustos y sus preferencias.

George Orwell, en su icónica 1984, ya expuso lo terrorífico de simplificar el lenguaje hasta el extremo y hacerlo servir a los intereses de algunos. La neolengua se convirtió en el vehículo perfecto para atajar ideas no deseadas, identificar con rapidez a opositores del régimen y manipular mentes aún por configurar. En la novela, el gobierno del Gran Hermano conocía la importancia de las palabras y su verdadero potencial para la libertad, por lo que también entendía que su falta o deficiencia hace inviables otras formas de pensamiento diferentes a aquellas que no se puedan expresar mediante el lenguaje. Y es que, al fin y al cabo, ¿como expresar algo para lo que no existen palabras? O lo que es aún peor, ¿cómo pensar algo diferente a aquello que las únicas palabras que conocemos (y sus significados interesados) nos permite pensar?

Pido perdón si me he levantado especialmente apocalíptico esta mañana, pero creo que la situación no es para menos: la humanidad siempre ha tenido héroes y referentes morales, pero ahora todo eso suena a épocas pasadas, moho y telarañas. ¿A quién seguir o qué decisión tomar cuando no dejan de pintarte alternativas cubiertas de neones brillantes a su alrededor? ¿Cómo fomentar ese ojo crítico?

Me temo, my friend, que su única verdad debe ser la curiosidad. No se quede con lo primero que le ofrezcan, no diga que sí (o que no) por sistema, lea en abundancia (libros, periódicos, noticias de todo tipo...), escuche (muchas) entrevistas, hable con gente de todas las ideologías (no sólo con los que piensan como usted) y procure mantenerse siempre actualizado. Permanezca abierto a sugerencias, a mejoras, a cambios de mentalidad. Que no se diga de usted que piensa igual que cuando tenía veinte años...o que lleva veinte años pensando lo mismo. Libérese, no se quede dormido, ni acumule odios, recelos pasados o resentimientos caducos. Déjese embriagar por la buena música: la que ya conoce y la que todavía no. Viaje siempre que pueda, no caiga en los clichés y los estereotipos fáciles...en definitiva: deje que la vida le empape.

El Caballero de Tinta

1 comentario:

  1. Muy buena entrada, en especial me gustaría hacer hincapié en eso que dices acerca de "su única verdad debe ser la curiosidad", ya que la curiosidad debe permanecer latente en todo momento, en el intento de saciarla como la sed y el pan de cada día. Y sobre todo, no tener miedo a descubrir cosas nuevas, aunque choquen con nuestras ideas más arraigadas. Esa osadía de descubrimiento nos hace, si cabe, más libres.
    En palabras de H. D. Thoreau, "antes que el amor, la fe, el dinero, la fama o la justicia, dadme la verdad", porque "la verdad es la que libera, no el esfuerzo por ser libre" decía Krishnamurti.
    Las ideas, que clavadas como puntas sobre la madera, con el paso del tiempo la celulosa de la propia madera envejece e impide que estas salgan con facilidad, por eso considero que debemos permanecer como la madera joven, que deje salir aquellas "puntas" o ideas para incorporar otras nuevas.
    Es bello contemplar como una generación, nacida prácticamente en el mismo seno local, años después llegue a conclusiones semejantes. No diría que es la educación de base, pero en esencia, son nuestras mismas raíces.

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