viernes, 22 de agosto de 2014

True Detective: puro cine negro sin cortar


Año 1995. El cuerpo desnudo de la joven prostituta Dora Lange aparece atado a un árbol solitario en medio de una ciénaga en Louisiana con signos claros de sacrificio ritual. Diecisiete años después, los detectives Rustin Cohle y Martin Hart, asignados entonces al ahora aparentemente cerrado caso Lange, son interrogados por las autoridades policiales con el fin de extraer pistas en relación con un reciente asesinato de características muy similares.

Este argumento, a primera vista, podría ser el de cualquier película policíaca de las que acostumbran a emitir en multitud de canales de televisión cada día sí y el siguiente también, pero no es así. HBO ha vuelto a hacerlo, y ya van unas cuantas: Los Soprano, The Wire, Juego de Tronos…y ahora True Detective, la serie del momento.

La crítica es casi unánime cuando afirma que True Detective es el drama televisivo del año, y que sus personajes, Cohle en especial, son de lo mejorcito que ha dado el séptimo arte en los últimos tiempos. ¿Pero qué la hace tan especial?

Rust Cohle (Matthew McConaughey), o como sus compañeros de trabajo le apodan con cierta ironía, “Tax man” (debido al gran cuaderno que, como si de un inspector de hacienda se tratase, suele llevar con él a cada escena del crimen, y en el que documenta, ya sea dibujando o mediante anotaciones, los detalles que considera relevantes), es un hombre torturado. Solitario y sin amigos, rehúye tanto las relaciones sociales como el trato personal. Tras varios años como agente encubierto de la D.E.A. (Drug Enforcement Administration, la unidad antidroga en Estados Unidos), Cohle sufre ligeras alucinaciones de forma cotidiana (aunque dice ser más que capaz de distinguirlas de la realidad), fruto del abuso de toda clase de drogas y sustancias adictivas durante este período para enfrentarse contra el crimen y contra sus propios demonios interiores. Por un lado, su nombre es el mismo que el del “óxido” (rust) en inglés; por otro, su apellido se parece en sonoridad a la palabra “alma” (soul). Ambos detalles nos aproximan al carácter de un personaje cuyo discurso metafísico parece haberle hecho prácticamente inmune al mundo de los sentimientos.

Marty Hart (Woody Harrelson) es, al menos al comienzo, todo lo opuesto a Cohle. Su papel de “sheriff del condado”, de tipo duro que al llegar a casa se erige en padre de familia ejemplar le ha hecho popular entre sus compañeros de trabajo y lo convierte en el típico vecino modélico que todos querríamos tener. O al menos esa es la impresión que, escudándose en su reputación, quiere transmitir. Sin embargo, tras ella se esconde un humano igual de atormentado que el mismo Rust, pero que, a diferencia de este, se niega a aceptarlo. El detective Hart no posee herramientas morales para enfrentar la realidad (la crudeza del trabajo, la familia y sus conflictos diarios, el hacerse mayor, el morbo de lo prohibido…) más allá de las que una educación cristiana típica estadounidense le ha podido proporcionar (no entraré aquí a valorar si con mayor o menor fortuna), y esto desembocará en consecuencias fatales para su vida íntima. Su apellido recuerda a la palabra “corazón” (heart) en inglés, órgano que, como catalizador de su ímpetu, suele definir su curso de actuación, el de un hombre que se deja llevar más veces por los sentimientos o por la pasión que por lo racional.

Como no podía ser de otra forma, el choque de ambos temperamentos es brutal, y constituye una de las líneas argumentales más poderosas, ya que no sólo estamos ante una historia de crímenes e investigación, sino también ante algo mucho más grande que eso: estamos siguiendo a dos individuos al borde de sus capacidades y de su moral, experimentando dramas familiares tan antiguos como la humanidad y asistiendo a la mayor lucha que jamás tendrá lugar, que es la del bien contra el mal, la de la luz contra la oscuridad.

La acción se desarrolla en tres momentos temporales (1995, 2002 y 2012), a lo largo de los cuales se dan diferentes acontecimientos profesionales y personales que marcarán la relación entre Marty y Rust, que se verán enfrentados en multitud de ocasiones, a pesar de jugar, supuestamente, en el mismo bando. Durante el transcurso de la serie, los detectives serán protagonistas de un proceso de quijotización y sanchificación muy poco usual, en el que se verán forzados a elegir entre alternativas que les superan, y en las que irá aflorando su verdadera naturaleza humana. En toda esta travesía psicológica, será Cohle quien ejerza de guía a través de lo desconocido, y Hart quien proteja la retaguardia enfrentándose a lo cotidiano.

Pero, ¿qué es lo que tanto nos atrae de Rust? ¿Puede que sea esa actitud de imperturbabilidad por la mayoría de las circunstancias mundanas? ¿Quizás su rol de “bad man who keeps the door from the other bad men”? ¿Es esa chupa motera, estandarte de un mundo de violencia y depravación en el que una vez él mismo se sumergió para luchar piel con piel contra ella? ¿O son sus discursos radicales y sin miramientos hacia las reglas sociales imperantes? Rust es un verdadero caballero errante, un profeta de su propio imaginario nihilista de andares lentos y arrastrados, alguien desposeído de todo lo que una vez llegó a amar, pero también tiene una misión. Y eso le hace implacable.

Sin embargo, como Marty le recuerda en más de una ocasión, ¿quién es él para venir a poner en duda las costumbres o creencias de una comunidad, la comunidad en la que el detective Hart ha crecido, y todo lo que la representa? ¿Qué autoridad tiene para criticar abiertamente cualquier convención social que le viene en gana? En realidad ninguna, pero el devenir de los acontecimientos nos confirmará que no es oro todo lo que reluce ni siempre lo mejor es lo que está en el centro de atención.

En cualquier caso, la conexión entre dos caracteres tan opuestos y a la par tan cercanos es objeto de estudio y desarrollo de una forma espectacular en True Detective, haciéndonos olvidar por momentos que andan tras las pista de un tremendo asesino.

Como escenario perfecto para esta narración, nos encontramos con una Lousiana deprimida y rural, parte de los territorios sureños por excelencia de la América más profunda y terrible, donde la pobreza, la incultura y el racismo (pensemos en todas esas caras demacradas que los detectives nos muestran en su periplo hacia lo desconocido, rostros todos ellos que han sobrepasado la línea de la cordura y no esperan gran cosa de la vida: el acabado predicador Joel Theriot, la anciana y desquiciada Dolores, las prostitutas del pantano, los criminales a los que Rust y Marty interrogan en comisaría…) actúan como detonante del fanatismo religioso más típicamente white trash y encuentran la horma de su zapato en el mestizaje de culturas (Louisiana estuvo bajo dominio español, francés y por último estadounidense), dando pie a un oscuro misticismo popular, caldo de cultivo perfecto para el ocultismo, los cultos demoníacos y el crimen.

Otro de los aspectos que hace grande a True Detective es su tratamiento de los antagonistas, que no se centra en personaje alguno, si no que más bien apunta hacia el mal como una constante vital que todo lo toca y lo corrompe, una fuerza en constante pugna con el bien. Esto no es obstáculo para que existan ciertos estereotipos sobre los que recaerá el peso de ejecutar los asesinatos propiamente dichos, y cuya caracterización en nada desmerece a la de psicópatas como el reflejado en La Matanza de Texas. Una vez más, nos encontramos con que la degradación moral suele ir acompañada de la degradación física, no tanto al estilo Cesare Lombroso (según él, los delincuentes poseen características físicas específicas que permiten identificarlos como tales), sino más bien como resultado de traumas infantiles, ignorancia y reglas culturales en ocasiones demasiado rígidas, que conducen a un abandono físico evidente. Por si esto fuera poco, muchas de las referencias utilizadas para ciertos conceptos esotéricos relacionados con los crimenes (El Rey Amarillo, Carcosa…), han sido tomadas de autores clásicos del terror cósmico, como el decimonónico Robert William Chambers, contemporáneo del maestro Lovecraft.

En True Detective, guionista (Nic Pizzolatto) y director (Cary Joji Fukunaga) son los mismos a lo largo de toda la serie, lo cual, al contrario que en muchas otras en las que diferentes profesionales se van turnado o repartiendo estas funciones, contribuye a un desarrollo más uniforme de los personajes.

Hay quien dice que se echa en falta un personaje femenino con un papel más activo y alejado de los clichés de género (esposa abnegada y dolida con su marido, hijas adolescentes rebeldes, chicas jóvenes tras hombres maduros…), si bien no debemos olvidar que se trata de una ficción, y como tal se puede construir a partir de los elementos que, en pos de la coherencia dramática, consideremos más propicios para lo que queremos contar. Por desgracia, y pese a ser la “tierra de las oportunidades”, ni Estados Unidos es un pueblo caracterizado por la igualdad de género (y menos aún hace veinte años), ni los estados del sur son precisamente los más progresistas. Habida cuenta de lo anterior, y teniendo en cuenta que True Detective es, principalmente, la historia de dos tipos con una visión muy diferente de la  vida, parece más que posible y, a mi juicio, bastante realista, que las mujeres que aparecen sean las que son. Ni más ni menos.

Los llamados “seis minutos de gloria” del cuarto episodio en los que se nos traslada a la espalda de Cohle durante lo que apenas son unos instantes frenéticos, han entrado en el podio de las secuencias de acción más brillantes del universo de las series y, en verdad, no es para menos. Aunque el recurso de acompañar al protagonista cámara en mano es un viejo conocido en las películas, no se trata de algo frecuente en el ámbito televisivo, y aquí está aplicado con maestría. Algunos bloggers comparan estos minutos con otras escenas de producción semejante en Expediente X o el Ala Oeste de la Casa Blanca, pero ni son secuencias tan largas, ni transmiten tanta inmediatez como esta, además de no estar rodadas de un solo corte. Al César lo que es del César. 

Y es que True Detective, pese a formar parte del mundo de la pequeña pantalla, utiliza unos cuantos recursos más típicos del cine: la sucesión coherente de los planos (el plano general descriptivo de los territorios desangelados que atraviesan los detectives, el plano americano tan típico de los western, el plano medio corto durante los interrogatorios…), la ausencia de música durante gran parte del capítulo y salvo en momentos muy concretos, la calidad de las imágenes, la elección de los colores que resulta en un ambiente amarillento y nauseabundo que transmite sensación de calor, asco y polvo…tal y como ya avanzaron director y guionista antes de su emisión por vez primera, no estamos ante una serie habitual, en la que cada capítulo tiene una alta sustantividad propia y algunos de ellos incluso pueden comprenderse como “microtramas” dentro de la narración principal, sino ante un único relato dividido en ocho horas, que debe ser visto como tal.

Lo mejor: No sólo la relación entre ambos policías da lugar a diálogos sublimes (entre lo normal y lo extraño, lo racional y lo pasional, la vida y la muerte, el bien y el mal…), si no que cada uno de ellos por sí mismo, ejemplifica un retrato de la psicología de un hombre ante circunstancias adversas. True Detective no es innovadora ni esencialmente original (la temática policíaca y ocultista es un tema recurrente), pero el conjunto de ingredientes que conforman su receta es de lo más sabroso: tan sólo 8 capítulos que consiguen profundizar en la mente de los personajes principales mientras investigan un crimen de tintes esotéricos, todo ello rodado con técnicas cinematográficas impecables, sostenido por interpretaciones de altisima calidad de McConaughey y Harrelson, y ambientado con naturalidad en un territorio muy poco amable. Mención especial para el actor de apellido impronunciable, que hace gala de dotes artísticas formidables en un detective Cohle de lo más complejo (¿dónde quedó el "cutreconquistador" de comedia romántica?): ¡bravo!

Lo peor: Con salvedad de algún pequeño desliz que resta credibilidad  a la investigación (¿orejas verdes? ¿de verdad era tan fácil establecer la conexión?), quizás uno de los puntos fuertes sea también una de sus debilidades, ya que este amargo y adictivo relato es de corta duración, dejándonos con la miel en los labios cuando más habíamos conseguido empatizar con sus protagonistas.

Como ya dijera Nietzsche en su obra Más allá del bien y del mal (1886), “cuando miras largo tiempo a un abismo, también el abismo mira dentro de ti”, y eso es lo que parece sucederles a Rust y Marty en True Detective…¿o quizás aún hay esperanza?

Para finalizar esta entrada, os dejo un enlace a la aclamada secuencia de apertura, repleta de símbolos y referencias veladas a la propia trama.



El Caballero de Tinta





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