martes, 1 de julio de 2014

Sobre la marca personal, el valor añadido y ser uno mismo

Si nos preguntaran qué es lo distingue a un gran profesional de uno mediocre o normal, algunos de nosotros diríamos que se trata de su eficacia a la hora de cumplir con las tareas que se le han asignado, otros pensarían que el rasgo diferencial es el de la rapidez ejecutándolas antes que otros, y no faltaría el que alegase que la verdadera distinción estriba en la cantidad de estrés que puede soportar sin venirse abajo.

Sin embargo, creo que la gran mayoría de nosotros coincidiremos en que es el valor añadido de un profesional lo que hace que este destaque por encima de los demás. Con esto, no me refiero a ese término usado hasta la saciedad, manido y hueco que abunda en las presentaciones powerpoint, marketing de servicios de asesoría o discursos de cena de empresa prefabricados. Me estoy refiriendo a la nota distintiva que hace triunfar a algunos y quedarse por el camino a otros.

Claro que es importante llevar a cabo tu trabajo de manera eficaz y ordenada, pero, ¿basta con eso? Tal y como yo entiendo el mundo laboral, este rasgo, el de la eficacia, debería poseerlo todo profesional con una cierta experiencia, es decir, que es algo que se le presupone (aunque, como ya sabemos, de excepciones está el mundo lleno). Y es que, llegado el momento en que un hipotético superior tiene que promocionar a uno sólo de entre dos profesionales correctos, trabajadores y no problemáticos, ¿qué criterio tomará como decisorio si ambos le ofertan más o menos las mismas prestaciones? La respuesta es simple: al más amigo o más pelota. Bromas aparte, si ese superior es también un buen profesional, no sólo se guiará por términos de productividad, y deberá buscar en cada uno de ellos algo especial, algo único que haga a uno más capaz que el otro para ese puesto. Es aquí donde entra en juego la personalidad entendida como forma individual e "intransferible" de hacer las cosas. Esas habilidades que, vistas en conjunto, hacen que cada uno sea único en sus decisiones y no pueda enseñar sus métodos a nadie.

En 1997, el escritor de libros de estrategia empresarial Tom Peters formuló por vez primera el concepto de marca personal o "personal brand" en el artículo The Brand Called You, centrándose en la gestión del perfil profesional como si de una marca comercial se tratase: igual que estas últimas suelen llevar asociadas una serie de características que las hacen perfectamente reconocibles (la marca Coca Cola, por ejemplo, está tan extendida e interiorizada que cualquiera es capaz de identificar la legendaria tipografía o el color rojo de sus latas sin dudarlo), un profesional debería ser capaz de traducir esa personalidad de la que antes hablábamos, en un signo distintivo que le haga conocido y exitoso en su ámbito.

Si bien es cierto que en la práctica puede utilizarse como una manifestación más de la "capitalización" del trabajador (no debemos olvidar que todo asalariado es, al final, un activo más o menos valioso para quien le emplea), existe una especialidad: la marca personal va indisolublemente unida a aquel que la da a conocer, por lo que hace imposible su reemplazo o asunción por otro individuo que no sea este.

Como es de suponer, en esta era de la informática y del mundo digital, o como algunos prefieren denominar, "revolución 2.0", la marca personal ha cobrado un protagonismo inmenso, hasta el punto de extenderse y abarcar otros campos más allá del meramente comercial. De hecho, se trata de lo más importante cuando hablamos de espacios dedicados a la difusión de contenidos culturales y/o audiovisuales gestionados por personas o grupos que no constituyen una empresa (aunque sí toman alguno de sus métodos y hábitos de funcionamiento), o de personas más o menos conocidas en la escena de las telecomunicaciones, como son muchos tuiteros o blogueros.

Hemos evolucionado desde el ochentero do it yourself al moderno make it by yourself (y mira que es una frase recalentada...), de forma tal que las redes sociales, las plataformas digitales y la tecnología en general nos permiten expresarnos como nunca antes y dar a conocer nuestro trabajo, obra u opiniones a un público infinitamente más amplio de lo que cualquier columnista de periódico o crítico de magazine dominical hubiera podido imaginar hace tan solo treinta años. Obviamente, este sistema de "autopromoción" tecnológico tiene muchas ventajas, ya que es mucho más barato, sencillo y rápido que cualquier otro de los tradicionales. Ahora bien, conviene no olvidar que, de igual modo que lo que ocurre con todo aquello que se masifica (pensemos en el hecho de tener una carrera universitaria o de haber cursado un máster), el uso del personal branding limitado a lo digital acabará por integrarse como una herramienta más en ese conjunto de características del profesional medio y eficaz del que hablábamos al principio, perdiendo el tinte diferencial. Llegará un día en que lo normal será que todos aquellos que ejerzan determinadas profesiones (comerciales, asesores, abogados, empresarios, etc), deban utilizar los instrumentos web de gestión de marca personal como si de un servidor de correo más o una sencilla firma predeterminada se tratase, arriesgándose a quedarse a la deriva de lo contrario. Cuando llegue ese momento, tocará volver a reinventarse.

A la larga, será menos make it by yourself y más be yourself: queda patente que la autenticidad es el reclamo más atractivo de todos; cómo implementarla en lo que uno hace, ya es otra historia.


El Caballero de Tinta

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