martes, 3 de junio de 2014

House of Cards: Frank Underwood y la elegancia del mal

"Hay dos tipos de dolor. El tipo de dolor que te hace más fuerte o...el dolor inútil. El tipo de dolor que es solo sufrimiento. No tengo paciencia para las cosas inútiles. Momentos como este requieren de alguien que actúe, alguien que haga algo desagradable, lo necesario...ya está. No más dolor." Francis J. Underwood, congresista de los Estados Unidos de América, mira fijamente al espectador y se aleja sin remordimientos. Tras él, igual que todo aquello que se topa con su férrea voluntad, permanecen inertes los restos de un perro herido en la carretera al que acaba de ahogar con su propia correa.


Con esta chocante escena arranca House of Cards, dirigida por David Fincher (Se7en, El Club de la Lucha, La red social, El curioso caso de Benjamin Button...) y basada en una serie homónima inglesa de la década de los 90, que nos traslada a la mente de un maquiavélico político americano interpretado por el brillante Kevin Spacey y decidido a no detenerse ante nada ni nadie para lograr su objetivo: alcanzar cada vez más poder a cualquier precio.

Frank Underwood no sólo es congresista del pártido demócrata, si no que también ocupa el puesto de "Majority Whip" (literalmente "Látigo de Mayorías") en la Cámara de Representantes, encargándose de velar porque su partido consiga las mayorías necesarias para aprobar cada nuevo proyecto de ley e iniciativa legislativa puesta en marcha, así como indicando a sus compañeros qué es lo que deben votar en cada momento. Su pragmatismo y larga experiencia son bien conocidos en muchos sectores, pero lo que no todos han visto es el lado más oscuro de Frank. Tras una apariencia tranquila, educada y amable, se oculta un ser que representa todo aquello que repele y asusta al común de los mortales: es inteligente, frío, duro, calculador, falso, egoísta...y muy, pero que muy peligroso. Por si esto fuera poco, también es altamente eficaz en lo que se propone y está resuelto a llevarse por delante cualquier obstáculo en el camino.

Claire Underwood (interpretada por Robin Wright) es la sofisticada e imponente esposa del congresista, directora de una importante ONG de ámbito medioambiental y apoyo incondicional de su marido en sus enrevesados planes. El personaje de Wright es aterradoramente atractivo debido a la mezcla entre la tremenda frialdad con la que es capaz de reaccionar ante los hechos y la extrema sensibilidad que, contradictoriamente, deja aflorar en algunas situaciones concretas.

La joven y curiosa periodista Zoe Barnes (Kate Mara) está dispuesta a todo para lograr un editorial de éxito que la haga famosa. Pronto descubre que la política no es un simple juego (o quizás sí), y comienza a explorar la cara más decrépita y sucia del poder, aunque tendrá que decidir hasta donde está dispuesta a avanzar, con todas las consecuencias que ello implica.

Estos son tan sólo los ejes principales de la enorme partida de ajedrez (ese ajedrez al que tantos ratos dedica Frank) con protagonistas humanos que es House of Cards, pero en este castillo de naipes cada uno juega sus cartas: Doug Stamper, la mano derecha y eficiente "conseguidor" de Frank; el atribulado e impulsivo Peter Russo, congresista demócrata que representa los intereses de uno de los sectores más humildes de Pensilvania; el propio Presidente de los Estados Unidos; la experimentada y desconfiada periodista Janine Skorsky...

La serie de Netflix cuenta con unos cuantos elementos que aportan frescura y originalidad a la actual época dorada de las series, situándola como un producto de calidad se mire por donde se mire. 

En primer lugar, el formato de la propia serie difiere de los habituales, y así, tanto la primera temporada en su momento, como recientemente la segunda, fueron puestas al completo a disposición del público para su visión en streaming, no emitiéndose en la televisión hasta más tarde (en España en concreto, el servicio Netflix no está aún disponible, por lo que Canal+ ha sido la encargada de su difusión). Hay quien preconiza que este nuevo modelo de negocio acabará por convertirse en lo habitual de aquí a unos años pero, al menos de momento, House of Cards se lleva el mérito de haber apostado por una fórmula en la que un reparto de actores de calidad no están reñido con un acceso más fácil y cómodo al gran público, que es quien, desde el principio, decide cómo quiere "consumir el producto".

A modo de guiño a la serie original, uno de los recursos habituales de Frank Underwood será "traspasar" la pantalla para dirigirse al espectador directamente, haciéndonos cómplices de sus planes y comentarios, de tal forma que, mientras todos los personajes que se relacionan con él ven solamente aquello que quiere mostrar, nosotros seremos partícipes de absolutamente toda su estrategia, obligándonos a asistir al desarrollo de las intenciones de Frank de su propia boca, aún cuando esto pueda causarnos cierto rechazo moral. 

El hecho de situar la acción en la América actual, le imprime un tono mucho más oscuro y realista a la serie que el de su predecesora británica ideada por el escritor y político inglés Michael Dobbs cuya ambientación tiene lugar en la época "post-thatcheriana", y es que, si estamos hablando de poder, ¿cuantos hombres se nos ocurren de mayor inflluencia en el mundo que el Presidente de los Estados Unidos? 

Por otro lado, en House of Cards la fotografía es prácticamente perfecta, y tan armónica que provoca una angustiosa sensación de desamparo; los colores y filtros están cuidadosamente seleccionados para transmitir frialdad y depravación moral que terminan de perfilar un atrevido retrato de la perversidad en la política de alto nivel.

 Hay quien compara el personaje de Frank Underwood con el incomensurable Walter White de Breaking Bad, si bien quien haya visto a ambos en acción sabrá que, pese a compartir una serie de puntos, sus lecturas psicológicas no son tan parecidas. Walter es un tipo gris, con una vida difícil y poco agradable, poseedor de un gran talento pero ninguneado por sistema en todos las ámbitos de su vida, lo cual nos lleva a empatizar con él desde un principio y desear que sus enrevesados tejemanejes salgan adelante (aunque a muchos les cueste admitirlo); Frank, aunque traicionado en su ascenso político durante los minutos iniciales del show, ha llegado ya muy alto en la vida como congresista de los Estados Unidos e integrante del equipo de confianza del Presidente, pero todavía oculta un irrefrenable deseo de alcanzar el peldaño más allá, deseo que intentará materializar de las formas más repulsivas y terroríficas. Mientras que Mr.White es un hombre que se caracteriza por su constante dicotomía moral entre las "buenas" o "malas" decisiones y su torpeza para ponerlas en práctica, Underwood parece completa y serenamente entregado al mal (en el aspecto más "heisenberguiano" de la palabra), como un estratega que basa su ascenso en la compra de lealtades, no temblándole el pulso al ejecutar con elegancia cada acción, por pequeña que esta sea, de su retorcido plan. A pesar de todo esto, pueden encontrarse similitudes, como su ego superlativo, su búsqueda de un control inflexible sobre el entorno, o la inteligencia superior con la que ambos han sido dotados y que utilizarán para deshacerse de sus rivales progresivamente.

Lo mejor: Frank Underwood en todo el esplendor de su malignidad, la profunda y compleja psicología de los personajes, la suprema sensación de elegancia que transmiten las interpretaciones del dúo Spacey - Wright y la magnética relación entre ambos, el perfil descarnado y perverso de las más altas esferas del sistema político estadounidense, unos cuantos diálogos y frases memorables que invitan a la reflexión sobre la vida, la sociedad, el poder...

Lo peor: Algunas secuencias pecan de poca credibilidad o pintan demasiado fáciles cosas que, a todas luces, serían complicadas para cualquiera (tramas políticas de corrupción con multitud de matices, intereses encontrados, etc), aunque todo esto se ve compensado con el impresionante apartado técnico y escénico de la serie.

Pese a que la idea original ya fue utilizada hace más de veinte años, nos encontramos ante un peso pesado entre los aspirantes a formar parte de ese selecto club que conforman las mejores series dramáticas de los últimos años. La comunidad de usuarios de IMDb ya la ha premiado con una puntuación de 9,1 sobre 10, y en Filmaffinity ha alcanzado un nada desdeñable 8.

A la espera de la tercera temporada, recomiendo que paladeéis lentamente cada uno de los veintiséis capítulos (después de todo, "una ballena se come bocado a bocado", ¿verdad, Frank?) que conforman la primera y la segunda parte de este inmoral relato de avaricia, poder, corrupción, sexo, intriga y (como no podía ser de otra forma) política.


El Caballero de Tinta



Trailer de la primera temporada de House of Cards


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Quizás también te interese

Animales Nocturnos: la fascinación de la venganza

Volvemos a las andadas con una breve reseña cinematográfica de una de las obras que más me ha llamado la atención en las últimas semanas: A...