lunes, 21 de noviembre de 2011

La "fiesta de la democracia"




Al hilo de las recientes elecciones, me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre ciertas realidades, problemas y circunstancias a los que llevo mucho tiempo dando vueltas.
Cada día estoy más convencido de que se hacen menos esfuerzos y se pone menos empeño
en entender conceptos que debieran, en una sociedad como la que se supone estamos intentando construír, ser algo tan básico, interiorizado y comprendido que, al evocarlos, acudieran a nuestra mente únicamente maneras a traves de las cuales mejorarlos y hacerlos evolucionar.


Uno de estos conceptos, quizás el más importante a día de hoy, creo que es el de Democracia, esa palabra que parece haber cobrado un nuevo y extraño protagonismo desde hace un tiempo con la aparición de múltiples movimientos sociales de corte reivindicativo y de protesta. Como ya sabrémos, la palabra Democracia proviene del antiguo griego, y más concretamente de una mezcla entre los términos pueblo (demos) y poder (krátos), dado que fue en la región helénica donde históricamente se dió por vez primera esta forma de organización del gobierno.


Sin embargo, el sistema que los griegos en su tiempo idearon, en nada se parece a lo que hoy denominamos "democracia". Es cierto que, antaño, un sistema de democracia directa podía parecer lo deseable, ya que la baja población de las polis y aún más baja franja de legitimados para intervenir en las Asambleas (no todo habitante de la ciudad podía participar, si no únicamente aquellos que no fuesen mujeres, esclavos, extranjeros, etc...) hacían viable esa opción. Es como si, antes, todos nosotros fueramos políticos con capacidad para proponer, decidir y ejecutar nuestras convicciones sobre cómo organizar la sociedad.
Más de dos mil años después, esa romántica idea de un sistema en el que absolutamente todos fueran capaces de intervenir decisivamente y de aportar propuestas que pudieran llegar a ser vinculantes, se ha tornado totalmente imposible debido a múltiples factores: la sobrepoblación, la desconcentración geográfica, el empírico desarrollo y formulación de las ideas políticas, la globalización de valores, bienes y personas, etc...


Así pues, con un sistema de sufragio universal indirecto como el nuestro, apareció en escena una nueva figura hasta hace unos años desconocida: el gobernante político electo e intermediario. Nuestro juego de poder se complicaba al introducir nuevas figuras: ahora, por todo lo ya comentado, deben ser otros los que, una vez yo haya delegado mi confianza en ellos, sean los que decidan que es lo mejor para el conjunto de la sociedad.


Para el pensador iusnaturalista John Locke, si bien este político había sido elegido con la finalidad de regir los destinos de todos los ciudadanos, por encima de él se hallaban las leyes naturales y una serie de derechos universales, además (y esto si que es verdaderamente importante) de que eran los propios gobernados los que podían ponerle freno a la situación inmediatamente en caso de una vulneración de tales circunstancias normativas por el político.


Por ejemplo, sistemas como el de Locke, Rousseau, Hobbes y otros filósofos y estudiosos del poder, fueron creados con la finalidad de flexibilizar el acceso al poder y fomentar valores como la igualdad y el respeto, pero también para poner veto a todos aquellos que realmente no estuvieran lo suficientemente preparados como para desempeñar tal función o con los cuales existiese un riesgo de vicio o corrupción de la maquinaria democrática. Y es aquí donde llegamos al punto que nos interesa, que es precisamente el que más falla. Por supuesto que existen mecanismos de "castigo" electoral para todo político que incumpla normas jurídicas, que tome medidas impopulares o que no sepa resolver los problemas acuciantes de su país, sí, pero parecen estar reservados a los casos más graves únicamente. ¿En que punto de la democracia las cosas se torcieron y se perdió el interés por la que se supone debiera ser la más noble de las profesiones que un hombre libre puede llevar a cabo? ¿Es debido a esto que surgió una clase política adormecida, confiada y sin apenas valores? ¿O es acaso al revés?


Bien es cierto que cuando en cualquier proceso, sea este democrático, científico o físico, interviene más de un agente como operador, todo se complica, y por ello a tal intermediario se le debe otorgar una serie de privilegios con el fin de que pueda desempeñar sus funciones con total normalidad. Sin embargo, esta clase política aletargada, estos dirigentes más o menos legítimos, han mostrado, desde hace tiempo, una mayor preocupación por seguir aferrándose al poder y perpetuar el dominio sobre el mismo por medio de sus afines que por otras cosas, lo cual les conduce en múltiples ocasiones a no atender las necesidades reales de su pueblo, y por ende, dejar sin protección los supuestos derechos universales que, desde una óptica iusnaturalista, son la motivación o verdadera fundamentación de cualquier gobierno o política.


Es por todo ello que me hace bastante gracia cada vez que leo la expresión fiesta de la democracia por la red, los periódicos, etc utilizada cada vez que hay unas elecciones. ¿De verdad pensais que tenemos tanto que celebrar? Sí, es posible que debamos dar gracias por no estar inmersos en una dictadura como las del pasado, pero aún así esta última temporada estamos asistiendo a la caída y desmitificación casi total de la política, y eso, amigos, es muy grave.


En España, por ejemplo, somos malos legisladores, y es algo que llevamos haciendo así desde el inicio mismo de la democracia: promulgamos una ingente cantidad de normas que redactamos, en muchos casos, con muy mala fortuna y con peores motivaciones.


¿Nadie se percata de que nuestro sistema, a día de hoy, tiene gran cantidad de fallos? El despilfarro de las Comunidades Autónomas, la excesiva burocratización, la falta de iniciativa privada, el problema de la economía sumergida, el injusto sistema de circunscripciones electorales, la desubicación de las instituciones democráticas que genera fronteras difusas en lo que a separación de poderes se refiere (¿por qué no se reforma/suprime el Senado, ya que su función es prácticamente nula?), etc...Hay cosas que tuvieron sentido en el momento exacto en que sucedieron, pero no más: hace cuarenta años tras una larga dictadura, existía una política de "café para todos" que hoy, tras muy poco camino andado, ya no es viable.


Todo esto es lo que los políticos, con ese poder decisorio otorgado por el pueblo, tienen la capacidad de remediar, y es justo lo que no hacen por entrar en conflicto con su instinto de supervivencia electoral. Falta gente que diga las cosas claras y a la cara. ¿Qué es lo que celebrais, entonces, cuando hablais de fiesta de la democracia? A mi modo de ver no hay tanto que celebrar: nos hemos convertido en una sociedad derrotista y vaga a la que le causa pereza velar por el buen cumplimiento de esa moral a la que, luego, cuando vienen problemas, todos acudimos y echamos en falta. Esto es una pescadilla que se muerde la cola: gobernantes cada vez más mezquinos y menos capacitados dejarán de buscar el consenso (al menos real, porque de palabra todos venden mucho), y seguirán buscando enfrentar a los sectores sociales para seguir ganando votos. Hay que regenerar la política con sangre e ideas nuevas, no seguir alimentándola del mismo plato.


El Caballero de Tinta

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