domingo, 8 de abril de 2018

Consolaciones del beso de despedida

―Después de veinte años en órbita, la Cassini-Huygens sobrevoló Saturno por última vez el 11 de septiembre de 2017 —explicó Serra a los dos hermanos mientras reproducía el vídeo con un gesto—. A lo largo de su viaje, había descubierto satélites, había fotografiado anillos de gas, había explorado zonas remotas y había aportado información muy valiosa para la ciencia. Ahora le tocaba desintegrarse en la atmósfera del planeta.
Serra ya era vieja, pero sabía que tanto la pequeña Rosetta como Deimos quedarían impresionados con la imagen del artefacto en llamas frente al gigante gaseoso. Se apretujaron junto a ella en el sofá para no perderse detalle.
―Entonces, ¿no la salvaron? ¿La dejaron morir sin más? —Los ojos ambarinos de Deimos, el mayor, se abrían de incredulidad frente a la pantalla.
―No fue posible. Aquel aparato era autónomo, pero no como los de ahora. ―Serra les contó que, con el combustible casi agotado, el objetivo era adaptar la órbita y evitar que los restos de la nave contaminasen Titán o Encélado, dos de las lunas de Saturno. En ésta última, los primitivos medidores humanos habían descubierto géiseres con compuestos químicos esenciales. Y la química era el sinónimo más sincero de la vida―. Así que el beso de despedida de la sonda fue enviar una última transmisión y transformarse en fuego. ¿No os parece bonito?
Maestra y alumnos dejaron que el silencio se adueñara del salón por unos instantes. En la chimenea, la madera crepitaba lamida por el fuego. Un pitido intermitente avisó de que la sopa estaba lista.
―¿Y para qué se creó una máquina que ni siquiera podía salvarse a sí misma? —Tampoco Rosetta, con sus dedos nerviosos, podía entenderlo.
Serra se llevó la mano a la cabeza rasurada y suspiró.
―Bueno, se fabricó para explorar. Para servirnos. Para agotar las posibilidades de encontrar seres en otros planetas, por minúsculas que fueran.
Sin embargo, los rostros de Rosetta y Deimos seguían sin comprender. ¿Por qué querría nadie toparse con otros entes? ¿Por qué habrían de producir trastos que no pudieran conectarse entre sí a voluntad, detectar el estado de ánimo, las calorías o el miedo del ser humano e incluso sobrevivir de forma independiente? Puede que a Rosetta y Deimos les hubieran enseñado mecánica orbital, propulsión por plasma, planetología y fundamentos de ética espacial, pero seguían siendo niños.
―¿Explorar? ¡Para eso ya estamos nosotros! —Deimos empujó a su hermana con el hombro—. ¿A que sí, Ros?
Mientras Serra se levantaba a por la cena, escuchó como la cría le respondía a su hermano, y no pudo reprimir que el vello de la nuca se le erizase.
―Claro que sí, bobo —dijo Rosetta antes de bajar el tono— Y nosotros no nos desintegraremos.

A la mañana siguiente, Serra despertó pronto a la pareja y la llevó a correr por la explanada. Cuando los niños ya estaban jadeando, rebajó el ritmo y frenó delante de un bosquecillo de pino bajo en el que solo había conejos.
―Si queréis desayunar, tendréis que cazar la comida vosotros mismos —les retó antes de sentarse sobre una piedra.
Rosetta y Deimos se miraron extrañados.
―¿Conejo? —preguntaron casi al unísono.
―Así es.
―Pero Serra —Deimos carraspeó—, todas las piezas que cazamos son peligrosas. Tienen cuernos, colmillos y pezuñas más grandes que nuestras cabezas. ¿Para qué queremos algo tan pequeño?
Serra se limitó a sonreír y apoyó la mandíbula sobre la palma de la mano. En respuesta, Rosetta desenvainó el cuchillo, le dedicó una mueca de superioridad a su hermano y se internó en la foresta.
―¡Vaaale! —se quejó el chico antes de seguirla—. ¡A por el dichoso conejo!
Durante los minutos que siguieron, Serra permaneció inmóvil. Desde donde estaba podía ver a la pareja, y con eso era suficiente. Deimos se llevó el índice a los labios y su hermana asintió agachada tras los arbustos. Esperaron un tiempo prudencial antes de saltar sobre el grupo de mamíferos más cercano. Los ejemplares jóvenes se dispersaron al instante, y el revuelo alertó a otros grupos que mordisqueaban bayas unos metros más allá. Cuando Rosetta intentó atrapar al conejo más gordo, éste viró y se escurrió por entre sus piernas. La carrera desenfrenada hizo que Deimos metiera el pie en una madriguera. Serra escuchó el crujido y el consiguiente alarido de dolor. Los hermanos todavía tardarían un rato más en presentarse ante ella, magullados y exhaustos.
―¿Eso es todo? ―les preguntó.
Rosetta llevaba en las manos una cría de liebre diminuta con las orejas erguidas. El animal parecía despierto, pero estaba aterrado.
―Pues si este es vuestro único trofeo, tendréis que decidir cómo repartirlo.
Pero Serra notó que el reparto sería entre las miradas esquivas y las caras largas de los niños. Había sido su instructora de supervivencia durante meses, les había enseñado a hacer fuego, a beber de las plantas, a mantener el calor en soledad y a enfrentarse a bestias igual de asustadas que ellos, y en todo eso no había lugar para la misericordia. Así que, cuando, dentro de cuarenta y ocho horas, ambos embarcasen en dirección a la base y comenzasen el adiestramiento que les convertiría en astronautas; cuando, en menos de un año, partiesen, junto con otros doce o trece críos, hacia un viaje interestelar que duraría más de cuatro décadas; cuando solo algunos de ellos llegasen vivos, con el aspecto de ancianos demacrados, a pisar una tierra que no fue concebida para el ser humano, estarían solos, y también desaparecerían. Para eso se les había entrenado: para explorar y para aprender a morir, igual que a aquella vieja sonda espacial.
―¿De verdad tenemos que matarla? ―Rosetta tenía los ojos brillantes.
―Sí ―contestó Serra.
Entonces, Deimos suspiró y alargó el brazo para agarrar al conejo, pero el crujido en las manos de Rosetta lo detuvo; la cría ya había dejado de temblar. Los hermanos comenzaron a sollozar quedamente y, por vez primera en mucho tiempo, la instructora de supervivencia quiso gritarle al cielo.

sábado, 15 de abril de 2017

Cuentos desde el Otro lado: una reseña literaria muy, muy extraña

Digan lo que digan, lo extraño sigue estando de moda. Que se lo pregunten a los seguidores de Stranger Things, a los fanáticos de Cuarto Milenio o a los votantes de Trump. Esa terrible fascinación que nos produce lo desconocido supone tal chute de adrenalina para nuestro cerebro que somos muchos los que caemos rendidos ante la magia de lo oculto en nuestras horas de esparcimiento, ya sea con una pantalla de cine delante, adentrándonos en un videojuego o frente a las páginas de un libro.

Siguiendo esta estela, hace un par de semanas que he terminado de leer Cuentos desde el Otro Lado, antología de nueva literatura extraña (Ediciones Nevsky, 2016), una compilación de dieciocho relatos de autores españoles, coordinados por la escritora Concepción Perea y agrupados bajo el estandarte del llamado new weird. Este subgénero literario con nombre de disco de Radiohead pretende ser la evolución natural de escritores clásicos como H.P. Lovecraft, George Orwell o Ray Bradbury, y, para ello, sus representantes juegan con los límites de la santísima trinidad de lo extraño (la ciencia ficción, el terror y la fantasía), buscando nuevas formas de expresión más alejadas de los moldes de género tradicionalmente asociados a esta temática.


Comienzo señalando que me acerqué a esta obra atraído por la irresistible portada de la ilustradora Carolina Bensler. Si la elección de la paleta de colores, el tema y la composición de las figuras no son suficientes para llamar la atención de cualquier amante de lo desconocido, no sé qué lo es. De hecho, la edición en su conjunto está cuidada: la encuadernación rústica y mate, la elección de la tipografía de portada, el propio tamaño del volumen, la calidad de las hojas o el tamaño de la fuente denotan un correcto cuidado de los detalles, así que bravo por Nevsky en este apartado.

Una vez nos adentramos en la lectura del libro, vemos que se tratan temas de lo más variopinto, que van desde lo meramente inquietante hasta lo abiertamente fantástico, pasando por la ciencia ficción distópica, la ucronía, la fábula moral o el relato de terror reversionado, hasta llegar al thriller psicológico, el cuento juvenil e incluso acercarse a la fantasía urbana más creepypasta. ¿Cual es mi opinión? Bueno, lo cierto es que tengo sensaciones encontradas. No se trata de aludir a la archiconocida irregularidad de las antologías, ya que, como se suele decir, no importa tanto lo que cuentes si no cómo lo cuentes; puede haber temas que, por pura preferencia personal, resulten más del agrado de uno, pero eso no es obstáculo para apreciar la belleza y lo interesante de prácticamente, cualquier cosa con páginas y letras que caiga en tus manos (aunque se agradezca la originalidad, todo hay que decirlo). En este caso, he encontrado verdaderos caramelos literarios, que, tanto por el rico uso del lenguaje, como por la introducción de auténticas metáforas de situación y las elecciones acertadas de la trama, creo que son pequeñas obras maestras que nada tienen que envidiar a autores foráneos tan de moda en los grandes grupos editoriales. No obstante, también me he topado con cuentos que se me han hecho más cuesta arriba o a los que no he conseguido pillar el punto, quizás por el predecible desarrollo de la trama, por la excesiva extensión de una idea que ya se ha tratado con más maestría en otras ocasiones o por la ausencia de tensión argumental.

Teniendo en cuenta lo anterior, y sin ánimo de abordar todos los relatos del volumen, aquellos que, por orden de preferencia, más he disfrutado son: 

- Antes que el cine (María Zaragoza). La obra que abre la antología es, claramente, mi preferida. El tratamiento novedoso de figuras clásicas de los cuentos de terror, el uso de metáforas de lo más gráfico, la perfecta transición de lo inquietante a lo fantástico, la tensión creciente medida con exactitud y la muy acertada introducción de reflexiones intimistas que terminan de redondear el conjunto, la convierten, a mi parecer, en una de las apuestas fuertes del volumen.


- La segunda muerte del padre (Cristina Jurado). Angustioso thriller psicológico con el tema del duelo como telón de fondo. Me parece que tanto la tensión palpable desde el inicio como la elección del personaje protagonista son un acierto, y contribuyen a crear esa atmósfera sofocante, desagradable y, sin embargo, tan morbosa como en las mejores películas de terror.

- Los mansos (Susana Vallejo). Quizás, uno de los cuentos más desconcertantes de la colección, cosa que lo hace aún más atractivo. El hecho de que los personajes parezcan varados en el tiempo, invariables en su percepción, atrapados en una melancolía supersticiosa y deudora de épocas pasadas, le viene como anillo al dedo al Oporto decadente que se nos presenta. Así es como debería ser una carta de amor a lo fantástico: extraña, inquietante y emotiva.

- Ellos (Luis Manuel Ruiz). El relato se desarrolla como una suerte de diálogo de bar, al más puro estilo noir, en el que el protagonista nos va desgranando los pormenores de sus encuentros y desencuentros con los miembros de un oscuro y absurdo ejército de insurrectos. Me gusta la idea y me gusta la forma de contarla pero, sobre todo, me gusta el final, simpático y terrible a partes iguales.

- El retratista (Angel Luis Sucasas). Seguramente sea uno de los cuentos más misteriosos y crípticos de la colección, pero también uno de los mejores exponentes del new weird del que la obra hace gala. El autor ha apostado por un tema difícil, pero lo ha desarrollado de forma más que solvente en apenas siete hojas. Es de destacar lo emotivo de la historia que subyace, la precisión técnica con la que se cuenta la, casi, única escena en la que transcurre el relato y el barniz etéreo que se logra en conjunto.

- El reparador de almas (Juan Cuadra). Aunque se ciñe a un esquema y argumento clásicos, creo que el autor trata con maestría el tema de la supervivencia del alma y le otorga el sabor de los buenos cuentos tradicionales. Para darle un contrapunto más moderno, las situaciones difíciles a las que se enfrenta la protagonista a lo largo de su vida son actuales pero beben de las mismas fuente de siempre, cosa que contribuye a subrayar la eterna pregunta: la mala suerte, ¿se tiene o se atrae?

- Nada que objetar (Guillem López). Otro de los textos más insólitos del volumen, ya que ahonda en ese concepto teórico de la guerra interminable e incomprensible que parece asolar cualquier nación en en un momento futuro sin determinar. El protagonista, que podría haber salido de los mejores párrafos orwellianos, nos conduce con brevedad por una trinchera atemporal y sangrienta, de la que el autor nos sacará dinamitando cualquier conclusión lógica en un final que te deja verdaderamente descolocado. 

A modo de conclusión, mi muy humilde veredicto lector a estos Cuentos desde el Otro Lado es de notable bajo: por diferentes motivos, la mayoría de los relatos no me han llegado a emocionar tanto como esperaba, pero casi un tercio de ellos son joyas diminutas de la palabra escrita, de esas que, tras leerlas, dejan un poso que permanece días y días en la memoria.


El Caballero de Tinta

domingo, 19 de marzo de 2017

Logan: sangre, sudor y canas

Uno se acerca a Logan, la última película protagonizada por Hugh Jackman en el papel del temible Lobezno, atraído por la que, dicen, será la despedida de un actor a un personaje que parece haber sido creado ex profeso para él. Uno se acerca a Logan, también, por el irresistible aroma a western y a vejez melancólica que destilan las notas del bueno de Johnny Cash en el tráiler, por la garantía de que, si algo se le da bien al irregular James Mangold, es el american way of life (El tren de las 3:10, En la cuerda floja) y por ese póster promocional de estética ochentera que tan bien sienta al cine de acción. Y qué demonios: uno se acerca a Logan por la sed de polvo, de sangre y de plomo; esta no es una película de superhéroes al uso.

Inspirada vagamente en el cómic El viejo Logan, la historia nos presenta a un Lobezno mayor, descreído y enfermo, que trabaja como chófer de alquiler en un mundo donde los mutantes hace tiempo que pasaron a la historia. Logan está perdiendo sus poderes, por lo que ha renunciado a cualquier tipo de heroicidad y únicamente intenta pasar desapercibido malviviendo en una propiedad abandonada de algún lugar en la frontera entre los Estados Unidos y México, en la que esconde a un nonagenario y excéntrico Charles Xavier (Patrick Stewart) obligado a tomar constantes fármacos para no perder la cabeza y el control de su destructiva mente. Sin embargo, todo este panorama cambia cuando Logan recibe un extraño encargo como chófer: proteger a Laura (Dafne Keen), una niña muy poco común en una huida frenética que solo tiene una dirección.

A partir de aquí, y como siempre, ojo al dato, que comienzan los spoilers y destripamientos varios. Y me gustaría detenerme mucho aquí, ya que hay detalles de la trama que, si se conocen, hacen perder mucha de la gracia a la película.


La primera bala se la disparamos al argumento. Sin grandes pretensiones, se nos presenta una historia sencilla, con ese regusto vintage que tantos éxitos cosecha en la comunidad hipster desde hace años: padre acabado saca fuerzas de flaqueza para defender a una hija perdida que, en realidad, sabe cuidarse muy bien sola. No hay grandes piruetas de guión, no se trata de una trama compleja y es fácil subirse al destartalado coche de Logan casi desde el principio para seguirlo en esa carrera desquiciada en la que consisten las casi dos horas y pico de metraje. Mangold ha recurrido a la clásica idea de los experimentos prohibidos y sus "inesperadas" consecuencias; ¿de verdad no es de esperar que un montón de niños superpoderosos, "bendecidos" con algún don ultraterreno y alimentados con odio, terminarán por escaparse y poner en jaque a fuerzas oscuras que, casi siempre, tienen conexiones gubernamentales? En esta ocasión, a los malos los comanda el agente Murphy de Narcos (Boyd Holbrook) en el papel del personaje marveliano Donald Pierce, un cíborg con mucha mala leche y gusto por el sadismo. La estructura narrativa también es lineal y muy vista, pero no por ello menos efectiva: prota acabado física y emocionalmente se encuentra con algo que le hace despertar de su letargo, prota lucha por salir adelante con su nuevo propósito, prota cree estar a salvo, pero se encuentra con dificultades que lo ponen en graves problemas, prota supera esos problemas aunque sale maltrecho de ellos y prota cree llegar a su destino feliz, donde, por contra, se encuentra de nuevo con sus peores temores en una lucha a muerte. Lo dicho: el apartado del guión tiene poco donde rascar por la cara de la originalidad, aunque cumple con creces su objetivo en una historia de este tipo.

En lo que se refiere a las interpretaciones, la estrella más brillante es la del propio Jackman, que, en mi humilde opinión, dibuja al mejor y más interesante Lobezno hasta la fecha. Es como si todos los esfuerzos, toda la historia, todas las películas de X-Men hasta la fecha (de las que confieso que no soy fan) hubieran convergido en este punto, hubieran traído hasta aquí a este hombre mayor, rudo, acostumbrado a la violencia y malhumorado, pero también protector, de buen corazón y, muy, muy en el fondo, esperanzado. Como decía más arriba, siempre es atractivo enfrentar a un tipo en las postrimerías de su vida con los demonios que tanto tiempo le han atormentado, y el australiano lo logra con creces: sus ojos oscuros y llenos de ira contenida, la barba desastrada y un cuerpo de gimnasio que ya perdió su gloria son la cara externa de alguien que sufre por dentro y por fuera. Buen Lobezno y mejor persona. Patrick Stewart también saca una nueva cara del críptico y sesudo Charles Xavier: la del humor enternecedor; es de su mano y de la contraposición con el carácter indómito de Lobezno de donde salen la mayoría de las pocas risas que oiréis en el cine. El papel de abuelo sabio que consiente le va como anillo al dedo, y la relación abuelo-padre-hija que se establece en cierto momento de la película cobra todo el sentido gracias a él. De la pequeña Laura hay menos que decir, ya que se pasa más o menos la mitad de la película en silencio y hablando con los puños (y como arrea, la jodía) para demostrar hasta donde es capaz de llegar una persona sometida para lograr la libertad. Supongo que es cosa de gustos, pero hubiera preferido una niña más modosa, una niña en la etapa primera de descubrimiento de sus poderes, una niña que va descubriendo quien es junto a su padre y que, al final, toma el camino de la violencia para proteger a los que quiere; en su lugar, nos encontramos con una fiera desatada capaz de cortar cabezas (literalmente) desde el inicio, más rápida y de garras más afiladas que Jackman y que, además, sufre una extraña contraposición moral entre lo fácilmente que quita vidas y un repentino amor por quienes la ayudan, a lo que no ayuda su incomunicación ni las confusas líneas de diálogo que le han dado junto a Lobezno. Por lo que respecta a Boyd Holbrook, su interpretación cumple con lo que se le pide sin grandes acabados: ser un malo de lo más plano, sin origen ni futuro y al que es tan fácil noquear como esquivar; un papel que pasará rápidamente al, cada vez más abarrotado, libro de los personajes olvidados. También son planos y fútiles otros personajes como el rastreador de mutantes Caliban o el malísimo científico encargado de modificar genéticamente a los niños, hasta el punto de que sus muertes importan tan poco como sus líneas de diálogo, cuya única función es servir de apoyo a los personajes importantes.

Entre los detalles a resaltar, encontramos algunos huevos de pascua que rompen la pantalla para tomar elementos de la vida real e integrarlos en la trama: no deja de ser irónico y divertido que Lobezno hojee tebeos originales de los X-Men en los que él mismo sale representado y que el contenido de los cómics tenga un peso real en la historia que sucede. También es curioso que el propio Lobezno sea el primero en señalar lo estúpido que es creer que unos tipos musculosos en mallas van a acabar salvando el mundo, que, como siempre, son historias construidas a partir de incidentes aislados que luego se fueron generalizando. Y es que otro de los puntos favorables de la película es su conexión con la vida real, que es algo de lo que muchas de sus primas dedicadas a los superhéroes pecan con saña; a pesar de que, cuando era más joven, fui un ávido lector de cómics Marvel y DC y los recuerdo con cariño, nunca he llegado a estar contento ni me han atraído demasiado las diferentes adaptaciones para la gran pantalla que se han ido produciendo. Pensándolo con detenimiento, supongo que tiene que ver con su falta de realismo: el problema no está en que un tipo tenga garras retráctiles de adamantio (adoro la ciencia ficción, la fantasía, el terror y otros géneros fronterizos), el problema está en que alguien así pueda pasar de puntillas por un mundo supuestamente real como el que sirve de ambientación a las cintas Marvel, en las que suele haber índices escandalosos de destrucción de ciudades, muertes anónimas y acción nuclear sin propósito. Si quieres situar a nuestro héroe en la vida real, haz que se enfrente a situaciones reales, que sus poderes flaqueen, haz que enferme, que sangre y que muera, y, sobre todo, que se de cuenta (y que parezca creíble) del daño que causan sus acciones en todo lo que hay a su alrededor, humanos inclusive. Pocas películas lo han logrado, pero se puede hacer, y , para los que piensen lo contrario, recomiendo echar un ojo a la trilogía de El Caballero Oscuro de Nolan, a la Jessica Jones de Netflix o a ciertas tramas de la serie Gotham, también de este último canal; Logan es una más que digna candidata a entrar en este club con honores.

Lo mejor: Me quedo, claramente, con la ambientación polvorienta de la película, con el tono oscuro y salvaje y con las magníficas interpretaciones de Hugh Jackman y Patrick Stewart. Las escenas de violencia son más que suficientes, están bien rodadas y revientan la adrenalina del espectador una y otra vez; más de una vez me he encontrado con el pecho encogido mientras veía tajos, chorros de sangre, cabezas cortadas, ojos de terror y dientes apretados. También he disfrutado esos pequeños detalles metaficcionales comentados más arriba y de la toma de conciencia con la realidad que supone el filme por muchas razones: la humanización del superhéroe, su lucha más mundana, su enfrentamiento con lo común, su muerte sin reservas, trucos ni trampas, un final que, en ningún momento, resta heroicidad a todas sus acciones.

Lo peor: Reitero lo innecesario de decidir que la niña no hable durante casi media cinta, ya que se pierde una maravillosa oportunidad de forjar una verdadera relación paternofilial con el protagonista a través de los diálogos, lo que provoca que algunas de las conclusiones del filme sean, cuanto menos, chirriantes (es poco creíble que, pese a haber tenido una relación intermitente con su padre y poco basada en el cariño y más en la supervivencia desesperada, Laura llame "papi" a Lobezno en su lecho de muerte, llore amargamente su fallecimiento y recite frases extraídas de un viejo western ante su tumba). ¿Acaso no habría mejorado todo si Lobezno, no desde el inicio pero sí una vez pasado el prólogo de rigor, hubiese forjado una verdadera relación de cariño con su hija, le hubiese enseñado de verdad a no utilizar la violencia más que para sobrevivir (aquí, su actuación se limita al "no cojas eso", "no me pegues" y "come con el tenedor") y hubiese tenido otro final, igual de dramático pero más elegante? Para mi gusto, este es el gran y casi único fallo de una obra que, pese a todo, es merecedora de un notable bajo como premio a los esfuerzos de mejora respecto de su infame predecesora argumental (Lobezno inmortal).

Hoy, termino la reseña con esta reflexión: Mangold se ha sacado de la chistera una de las películas más interesantes de su filmografía y del panorama Marvel, con un protagonista duro y atormentado a quien se pone en una situación extrema para probar la dureza de su pasta, pese a que no todos los elementos del filme estén a su altura.



El Caballero de Tinta

jueves, 5 de enero de 2017

Paterson: sencillez lírica de culto

Continuamos con la racha de películas que hacen diana: esta vez le toca el turno a Paterson, obra del genial Jim Jarmusch que apunta directamente a los sentidos y acierta de lleno.

El director norteamericano más indie nos presenta la historia de un sencillo conductor de autobuses llamado Paterson (Adam Driver), que vive en la ciudad homónima de Nueva Jersey junto a su novia, la imaginativa Laura (Golsifhteh Farahani). Paterson lleva una vida tranquila, dominada por la rutina pero rica en detalles de los que deja huella en sus poemas, escritos en los breve intervalos que le concede su trabajo. Cuando llega a casa, comparte con Laura la ilusión por los excéntricos planes artísticos de éśta, y saca a pasear a un malévolo bulldog llamado Marvin. El resto de su tiempo lo destina a entablar conversaciones más o menos trascendentes con los parroquianos del bar de la esquina, santuario y lugar de encuentro.

Ojo, que, a partir de aquí, empiezan los spoilers y demás destripamientos de la trama. Aunque no estamos en uno de esos filmes en los que un solo dato avanzado del argumento basta para arruinar el conjunto (aquí se trata, deliberadamente, de disfrutar del viaje, no de llegar a la meta), leer sobre algunas de las escenas o referencias que daré a continuación puede empañar el magnifico descubrimiento estético que supone Paterson en todos los sentidos.

Empecemos alejando a falsos curiosos y amantes irredentos del cine comercial: esta es una pelicula cuyo fondo y forma es especial, por lo que puede que no convenza a todos los ojos. Jarmusch, destacado icono del cine independiente ochentero y noventero, ya lo advertia expresamente en una declaración de intenciones previa al estreno y muy explícita: en Paterson no hay un conflicto claro, no es una pelicula de acción o ritmo trepidantes, y se limita a seguir las emociones de sus personajes, más o menos imperfectos, a lo largo de una semana de sus vidas. Punto. Ni más ni menos. Con esta descripción, muchos se sentirán tentados de levantarse de la silla y buscar algo menos aburrido o menos profundo. Y es que, aunque la vida de dos personas imaginativas y sensibles (cuando está bien retratada, se entiende) debería ser reclamo suficiente para querer ejercer el noble arte del cotilleo cinematográfico, si el espectador sigue creyendo que prefiere una abundante sesión de tiros en bandeja, de explosiones marvelianas o de otros artificios coloristas, esta no es su película. Siguiendo con lo que comentaba, Paterson es una invitación para disfrutar de un viaje en locomotora, desde la que ver el paisaje es una maravilla de la slow life; no es un billete del AVE más rápido, donde solo importa llegar al destino a cualquier precio. 

Como digo, la película divide su estructura narrativa en siete partes de una duración similar, correspondientes con los días de la semana. Todos ellos empiezan con la pareja dormida en la cama. Generalmente, él es el primero en abandonar el lecho para poner en marcha su pequeño ciclo diario; ella, en cambio, compagina su labor como ama de casa con una obsesiva y dispersa vocación artística por todo lo relacionado con la dicotomía blanco-negro. Estamos ante un narrador equisciente, muy pegado al protagonista y a sus emociones, pero que también hace pequeñas incursiones en la vida de Laura y hasta de Marvin el perro (en concreto, este úĺtimo cobra una importancia tal que termina por convertirse en un personaje de pleno derecho). Me llama la atención la progresiva selección de las escenas que se va mostrando cada día, siempre desgranando un poco más, siempre dejando entrever algo de aquello que el día anterior no conocíamos: detalles sobre el proceso creativo de Paterson, de dónde extrae su inspiración, como continúa la escritura de aquellos "textus interruptus", cual es la causa de los extraños misterios que le asaltan, como la posición del buzón que se afana en recolocar cada día o los diferentes puntos de vista de sus interlocutores de taberna. Se repiten imágenes, se juega con los silencios, se superponen planos que aportan un nuevo granito de arena a nuestro entendimiento y se amplía la información de la que disponemos. Es la forma que tiene Jarmusch de señalarnos qué hay de diferente en lo viejo, de decirnos que, aunque creamos conocer algo a fondo (como Paterson su trabajo, su camino a casa, el fondo de su cerveza), existen diferentes posibilidades que pueden dar la vuelta al panorama en cuestión de segundos. 

El argumento no puede ser más sencillo: la vida de una pareja media que comparte sus pequeños proyectos e ilusiones diarias con mayor o menor grado de intensidad. Mientras que los conflictos de él giran en torno a su trabajo, su hobby y su rato de socialización, los de ella lo hacen en torno a sus muchas inquietudes artísticas. Dicho esto, hay pequeñísimas subtramas con distinta incidencia sobre el total. Por ejemplo, tenemos la hora a la que Paterson se levanta, que varía ligeramente en función de su nivel de preocupación, o la relación con su maquiavélico perro, la agónica conversación con su compañero de faena, la compra de una guitarra para Laura, la insistencia de ésta para que haga una copia de su obra, la fallida historia de amor entre dos clientes del bar, etc. Creo que puede discutirse acerca de la necesidad de haberlas incluido todas, pero es innegable que conforman un rico tapiz que no evoca otra cosa que la propia vida. Si algo he aprendido en el taller de escritura creativa, es que no basta con contar la realidad tal cual es: hay que adaptarla e interpretarla para que resulte atractiva al lector (de lo contrario, caeriamos en un infumable sopor sólo de pensar en relatar como un personaje se levanta, se lava los dientes, desayuna, se viste, coge las llaves, va al trabajo...). En conclusión, podemos afirmar que este es uno de los puntos fuertes de la película, ya que no es fácil dar un barniz lírico a lo cotidiano y que siga siendo interesante.

En cuanto a la simbología, tal y como nos tiene acostumbrados el director de Ohio, los diferentes hilos que tejen el entramado provienen de fuentes no siempre accesibles a primera vista. Antes de nada, debe tenerse en cuenta el imprescindible rol de la poesía, que actúa de eje y te obliga a echar el freno visual. En ese contexto, hay que destacar la obra del poeta yanqui William Carlos Williams, y, concretamente, su poemario también titulado Paterson, que parte de lo cotidiano para acabar arrojando esa breve mirada al infinito que es la poesía. Paterson da vida a sus composiciones también desde este prisma: extrae la inspiración de una caja de cerillas, de una gota de lluvia o del sueño de su amada, para crear bellas obras carentes de rima y sin una estructura aparente. Asimismo, sabemos que la poesía es crucial en el largometraje por la cantidad de personajes que dicen escribirla y/o conocer obras concretas (cuando en la realidad, y por desgracia, los datos indican que el mundo va perdiendo poetas de forma inexorable). Podría incluso advertirse que Paterson es una especie de alegoría de un mundo regido por la lírica, en la que hasta el más nimio aspecto de la realidad tiene una vis poética. Otras caras del arte, menos cohibidas y más expresivas, nos las muestra Laura con su particular colorido del mundo en blanco y negro o su faceta musical. Mientras que Paterson se limita a plasmar de forma introspectiva y tímida en su cuaderno secreto lo que los hechos periódicos le sugieren, ella necesita mostrar el fruto de su creatividad pintando paredes, vestidos, guitarras y hasta cupcakes para que generen algo en los demás. Queda patente que Laura no lo hace por un afán protagonista (ya que la mayor parte de sus creaciones no van más allá de las cuatro paredes de su casa), sino como consecuencia de una perspectiva artística que difiere de la de su pareja. Por otra parte, Jarmusch suele conectar sus largometrajes a través de referencias a su propio universo fílmico, y tiene oportunidad de hacerlo también aquí. Basta con echar un vistazo al joven que rapea mientras lava su ropa, así como al encuentro frontal en la calle de Paterson con el despechado Everett: ambos son pequeños homenajes a la joya de la corona jarmuschiana, Ghost Dog. En cualquier caso, y como sucede con buena parte de su filmografía, es necesario verla dos veces, como mínimo, para poder extraer las conclusiones primordiales. Me parece interesante cómo se le da una capa de normalidad a hechos curiosos: en una pareja joven de hoy en día, llama la atención que ella se quede en casa y que él sea el único que "trae el sustento", o que tanta gente hable de poesía, o incluso que el propio Paterson sea un dinosaurio tecnológico. Entiendo que la explicación a estas peculiaridades hay que buscarla en la ambientación de los poemas de Williams de los que bebe la película, por lo que sería una especie de somero homenaje a la sociedad americana de hace más de medio siglo. 

Lo mejor: La fortaleza de Paterson estriba en su sencillez emocional. Aporta cierta paz, genera un sentimiento de calma con lo que te rodea y da ganas de profundizar en lo bello de las miles de pequeñas cosas a nuestro alcance. Sé que esto me ha quedado un poco de libro de autoayuda, pero al césar lo que es del césar. Me gusta especialmente el equilibrio entre drama y humor contenidos que ha logrado el director en la película; buena parte la pasarás con una sonrisa en la boca (y, aunque no es mi caso, más de uno reía a carcajadas en la sala de cine) y la otra lo harás apreciando planos, palabras y gestos.

Lo peor: Puede que, en su búsqueda de sencillez, el final peque de una simpleza excesiva; eso de "a veces, una hoja en blanco es el mejor de los comienzos" suena a topicazo, además de que difumina la sensación final que deja la película (¿Por qué comenzar de nuevo? ¿Es que Paterson no es feliz con la vida que tiene? ¿O solo se está refiriendo a un nuevo cuaderno secreto, en cuyo caso, la frase es un poco grandilocuente?). También algún detalle de la relación entre Paterson y Laura puede resultar inquietante, y es que, si bien se alegran mucho de los triunfos y empatizan con las decepciones del otro, sus reacciones pueden parecer impostadas. No se enfadan, no se gritan, no lloran, no discuten. ¿Es, quizás, fruto de ese entendimiento lírico de la realidad del que hablabamos antes? ¿Es porque la pareja ha llegado a un grado tal de compenetración que no precisan ese tipo de respuestas? No sé, pero no estaría de más darle alguna de esas respuestas al espectador, aunque no olvidemos que el cine de Jim Jarmusch no suele tirar de la facilidad como estandarte.

En conclusión, Paterson logra ser una de las mejores películas de su director, todo ello con una calma pasmosa y una elegancia innata. A la espera de un segundo visionado de confirmación, se le debe un más que merecido 8.



El Caballero de Tinta

domingo, 18 de diciembre de 2016

Animales Nocturnos: la fascinación de la venganza

Volvemos a las andadas con una breve reseña cinematográfica de una de las obras que más me ha llamado la atención en las últimas semanas: Animales Nocturnos (ojo, no confundir con la potteriana Animales Fantásticos; aquí, desde luego que no los encontraréis).

Animales Nocturnos es la segunda película dirigida por el diseñador Tom Ford, y se basa en Tony y Susan, una de las obras clave del novelista norteamericano Austin Wright. Dentro del reparto principal nos encontramos con Amy Adams y Jake Gyllenhaal, cuyos papeles protagonistas apuntalan con fuerza los secundarios Aaron Taylor-JohnsonMichael Shannon. La cinta nos pone en la piel de Susan, una mujer con una vida superficial y llena de supuestos lujos al lado de su segundo marido, con quien mantiene una relación cada vez más fría. Un día cualquiera, Susan recibe un manuscrito con la primera novela de Tony, su ex-marido, que decide obsequiarla con su lectura por haber sido ella siempre su mejor crítica. Ella comienza a leer el libro y queda atrapada por la narración, de tal forma que sólo puede pensar en el argumento, lo que despierta sentimientos y recuerdos encontrados.

A partir de aquí, desarrollaré detalles de la trama, así que, el que avisa, no es traidor (es avisador, como siempre decíamos en mi casa). Ve al cine antes de seguir o continúa leyendo bajo tu responsabilidad.

Bueno, a lo que iba. El tema parece sencillo, ¿verdad? Pues de eso nada: detrás de un guión que, leído a vista de pájaro, podría parecer propio de una película de después de comer en domingo invernal, se esconde una obra culta, rodada de manera fascinante y con detalles (y fallos, claro está) que bien merece la pena comentar. Si bien la abundancia de trucos cinematográficos, imágenes para el desasosiego y tensión creciente hacen que uno pueda perder el rumbo durante su visionado, aquí huele a venganza, a una de las épicas, y ese es el verdadero tema de la película. La vendetta bien entendida como razón de la existencia.

Antes de nada, conviene fijarse en la estructura narrativa. El uso de recursos metaficcionales le da a esta obra un aire fresco que se aleja de los productos estrella en carteleras, más pensados para un público homogéneo que no busca romperse la cabeza con lo que ve. No os engañéis: Animales Nocturnos no le gustará a todo el mundo ni mucho menos. Me parecería excesivo decir que estamos ante un "o lo amas o lo odias", pero sí se trata de una obra que será paladeada con más fondo por los amantes de la inquietud. Como decía, a más de uno puede marearle o echarle para atrás el hecho de que los ciento quince minutos de cinta transcurran saltando constantemente entre escenas de la trama de Susan (y su insulso devenir diario) y la de la novela que esta lee (en la que el protagonista es una malograda versión de Tony). En general, Tom Ford ha optado por la contraposición: a la trama de Susan, que debería entenderse como la principal, le siguen únicamente soledad, hastío y decepción por la existencia que ella misma ha elegido; a la trama de Tony (al que nunca llegamos a ver en el "tiempo real" de la historia, donde solo aparece mediante mensajes de texto, como buen escritor), le sigue la tensión, la pasión y, porque no decirlo, la muerte (entendida como final de alguien que sí ha vivido). Podría decirse que Susan es, en realidad, una muerta en vida, mientras que el personaje novelesco de Tony cobra una importancia vital tan grande que llega a salirse de las páginas de la novela para interpelar directamente a la lectora y hacerle sufrir. Son las dos caras de la moneda. Una mujer cuyos días se hacen planos y en descenso como el guión de una mala historia, y un personaje literario que parece estar verdaderamente vivo, como el constructo del Dr. Frankenstein. ¿Y qué hay del escritor? Cómo digo, es un arquitecto de atmósferas, un demiurgo de destinos que ha optado por jugar con el destino de su ex-mujer. Así que un aplauso a la originalidad.

Se ha hablado mucho de la mano de Tom Ford en la fotografía final de la película y de si su efecto le ha dotado de un tono más frío o tan perfeccionista que transmite irrealidad. En mi opinión, el gusto por el detalle, si bien puede resultar apabullante en ciertos planos (la casa de la protagonista, la estética de ciertos personajes cercanos a su entorno, el restaurante de la escena final), contribuye muy notablemente al objetivo de la película: crear la emoción de una venganza muy calculada, donde nada sobra, donde, al igual que en la novela de Tony, cada pequeña muesca en los bordes del papel tiene su explicación. Se nota que el tipo se dedica a diseñar moda, pero eso no impide que la obra pida a gritos entrar en tu cerebro, golpearte duro y marcharse de un portazo con la sensación de que no sabes todavía qué ha pasado allí. Se hace, asimismo, un uso muy positivo de la figura enérgica del desierto como territorio dominado por la nada, como lugar donde todo es posible y donde se da origen a las leyendas o donde uno puede perder su identidad para no volver a encontrarla. Tonos amarillentos claramente escogidos como en un filtro de Instagram, sensación de frío permanente y composiciones armónicas incluso cuando los personajes se atizan de forma salvaje. Especialmente dura es la imagen de los cuerpos desnudos e inertes de la mujer e hija del protagonista de la novela, aparentemente dormidas sobre un sillón rojo en la parte trasera de un desguace abandonado.

Lo mejor: entre los detalles con los que me quedaría, el primero es el de la cuidadísima manufactura técnica de las tramas, que responden al desarrollo de la teoría de las dos historias de Ricardo Piglia. El punto más fuerte de esta bifurcación de canales está en la confluencia: cuando la protagonista deja de leer, horrorizada por las imágenes que se forman en su mente, tú desearás con todas tus fuerzas que siga leyendo, que desvele qué narices va a pasar a continuación. En conjunto, la tensión está tan bien llevada, que es. probablemente, lo mejor de la película. También me gusta mucho la actuación de Adams, de la que, en un principio, te compadeces pero de la que terminas por desconfiar abiertamente; me gusta más la interpretación de Gyllenhaal, cuyo personaje literario refleja al hombre normal actuando de forma normal (un gran punto aquí es su relación con la violencia, que va de más a menos en una progresión lenta pero lógica: frente a una parrilla televisiva en la que abundan clichés y se espera que todo ser humano reaccione siempre de las formas más violentas y salvajes posibles, tenemos a un tipo normal, que tiende a la supervivencia y que, como nos pasaría a muchos, no puede poner la mano en el fuego por si mismo ni por cómo actuaría ante un desafío aterrador). Siempre me gusta Michael Shannon, borda cada papel y utiliza sus recursos de manera excepcional: esos ojos que reproducen la intensidad del castigo de la justicia, que parecen forjados en vez de creados y que dan verdadero miedo. También me convence el antagonista, que resulta tan desagradable como posible; no cuesta mucho imaginar gente de esta ralea en unos Estados Unidos como los que las últimas elecciones nos han mostrado.

Lo peor: Las partes más flojas también las tengo claras. En primer lugar, en ocasiones se hace un uso innecesario de imágenes que, a sabiendas de que resultarán provocadoras, realmente no llegan a transmitir su verdadero mensaje o éste no casa con el tono principal de la película. Me acuerdo de la escena inicial, en la que bailarinas de cuerpos deformes y exageradamente grotescos se agitan en la pantalla durante varios minutos con todo lujo de detalles; ¿es una crítica al sistema consumista que intenta venderte lo innecesario hasta que, literalmente, explotas? ¿Una mofa de la imagen estereotipada y comercial de la mujer que se hace en el mundo actual? Ni lo sé ni, por mucho que lo intento, consigo saberlo. Por otro lado, no termina de convencerme el tratamiento de la historia sentimental entre Tony y Susan. No sé si se debe al abuso de estereotipos (artista incomprendido, escritor frustrado, madre autoritaria de moral férrea, abandono, aborto...) o a que no se le ha dado la puntilla como debiera. El final adolece de sencillez en una obra que, hasta el momento, tenía la complejidad narrativa y la profundidad emocional como sello inconfundible. El cierre de lujo debería haber llegado de la mano de algo impactante o inesperado (Tom Ford, sabemos que puedes hacerlo, llevas haciéndolo toda la película), no de una mera ausencia en un restaurante.

En conjunto, tenemos una obra que, siendo justos, oscilaría entre el 7 para los incrédulos (el esfuerzo visual bien lo merece) y un 8 para los convencidos (se aprecia la cuidada estructura de las dos historias). Corred a verla a las salas, aunque solo sea por el deleite sensitivo.


El Caballero de Tinta

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Nuevas tradiciones

Me gritaba el dálmata de porcelana de la entrada. Me gritaban las paredes de gotelé. Me gritaba la naftalina que sale de los armarios, el hedor a leche agria y las miles de fotos en sepia que adornaban el mueble del salón. Pero aquel día, lo que más chillaba, lo que más me chirriaba, era la oscuridad plomiza que cubría la vivienda nada más entrar. No imaginaba que Amelia fuese a salir de casa quedando horas para la Noche de Difuntos, pero estaba solo. Su dormitorio estaba vacío, la cocina invadida por el habitual olor a bollos recién hechos y, en el salón, el cuco me recibió con su salmodia: cucú, cucú, cucú… las siete y media.

En cualquier caso, había que poner la mesa; cuidar ancianos solitarios no era mi plan preferido para la noche de antes de un festivo. Así que fui cambiando el mantel, recojo los cuchillos sucios de mermelada y la enorme bolsa de caramelos que había bajo la silla. Supuse que le habría dado por el dulce. Después, me recosté en el sillón orejero y me dispuse a esperar. Y esperé durante media hora, durante una hora… Cuando el pájaro de madera maldito dio las once, cuando noté que se me estaban cayendo los párpados, me impacienté. Esperaba que no le hubiera pasado nada, aquel dinero me venía bastante bien. Amelia era vieja, pero tan lúcida como para recordar lo que había comido las últimas dos semanas y con las mismas manos fuertes que debió tener en su juventud como matrona.

Fue al mirar hacia la entrada del pasillo, cuando descubrí una forma alargada que parecía haberse alineado con el marco en penumbra.

―¿Amelia? ―dije tragando saliva―. ¿Es usted?

Pero la anciana, si es que era ella, permanecía en silencio, y desde mi sitio no alcanzaba a distinguir sus facciones.

―¿Hace mucho que ha llegado? No he oído la puerta ―insistí.

Y, una vez más, la callada por respuesta.

―Está usted traviesa hoy, ¿eh? ¡Se ve que, al final, le va a gustar esto de Halloween! ―y mientras me levantaba del sillón, el corazón me empujaba desde dentro como un motor.

La luz tenue de la lamparita de cristal apenas iluminaba el salón, pero era la única encendida porque yo sabía que ella lo prefería así. Di el primer paso y sentí una punzada de nervios clavarse en las sienes. Di el segundo y la figura siguió allí, inmóvil como una gárgola dispuesta a saltar. Al dar el tercero, dos faros azulados por las cataratas me iluminaron de golpe.

―¿Jonás? ―resonó un graznido muy familiar―. No sabía que estabas aquí. Entre la compra y la misa, se me ha ido el santo al cielo. Perdona…
―Tranquila, Amelia, no se preocupe ―me paré en mitad del salón y respiré tranquilo―. Usted siéntese aquí, que ya me encargo yo de…
―¡No, no! Siéntate tú, que hoy estás de invitado y he hecho la cena ―dijo ella antes de dejar que el pasillo se la tragase de nuevo.

Mientras tomaba asiento, juguetee con la cucharilla, aún intranquilo. La visión repentina de una mujer que supera las ocho décadas me había formado un nudo en la garganta. Era una tontería, pero tanto misterio me había metido el miedo en el cuerpo. Sin embargo, los pasitos rítmicos de la anciana hicieron que fuera recuperando el ánimo. Uno corto, otro corto, uno largo; uno corto, otro corto, uno largo…

 ―Te he puesto un buen trozo ―me dijo al servirme un plato de empanada enorme, pero que olía a pura gloria―. Seguro que tienes hambre, y, si luego vas a salir y esas cosas que hace la gente joven…
 ―¡Hay que ver cómo me cuida, Amelia! Es usted un sol ―sonreí y el primer mordisco me envolvió en un sabor delicioso―. O sea que dígame, ¿ha estado usted fuera hoy entonces? Se habrá fijado en el ambiente que hay, ¿verdad? La gente disfrazada de fantasma, de monstruo de Frankenstein… ya sabe, nuevas tradiciones.
―Sí, me he fijado ―ella se sentó y masticó con expresión ausente―. Esta mañana han timbrado unos niños con caretas de colores. Y pedían chucherías mientras gritaban…
―¿Truco o trato? ―reí yo―. Ya sabe, antes se comían castañas y ahora se va por ahí mendigando caramelos. Supongo que les habrá dado usted algo de esa bolsa tan grande que he visto antes, ¿no? No sabía que fuera usted tan golosa.
―Ya lo creo que soy golosa ―me dijo alzando las cejas y levantando el dedo índice―. Y, hablando de dulces, voy a por el postre.

Amelia se levantó hacia el pasillo con sus pasitos cortos y cadenciosos. Era triste pensar que todo el consuelo que le quedaba a alguien de su edad era comerse un pastel de vez en cuando, pero lo suyo era seguirle el juego. Mientras me terminaba la empanada, pensé en cómo sería hacerse mayor, en cómo sería ver que las modas pasan y que uno va dejando de hacer pie en el río de la vida. Los doce cucús del reloj me devolvieron a la realidad. Luego, se escuchó a la anciana arrastrando los pies. En las manos, llenas de tajos y morados, traía una bandeja. Y en la bandeja, una especie de huesos de santo algo renegridos, que parecían pegados a un líquido viscoso y rojizo.

― ¡Truco o trato! ―me dijo guiñando un ojo―. Si te ha gustado la empanada, estos te van a encantar. Al principio, gritaron un poquito cuando vieron el cuchillo, pero comer y cortar, todo es empezar. Ya sabes, nuevas tradiciones.


El Caballero de Tinta

domingo, 1 de mayo de 2016

De cómo Don Quijote desfizo el moderno encantamiento

“Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos…”
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes (1615)

Quiso la pluma que el ínclito de la Mancha, diciéndose hidalgo de vieja cuna y caballero siempre en liza, viniese a parar, por una puerta de esas que no se explican, a unos días para él modernos y mucho más lejanos que los que conocía. Iba, según parece, el que llaman Don Quijote acompañado por su Sancho, ambos en sendas monturas y seguidos por el galgo, cuando mudoles la vestimenta, evaporáronse los caballos y viéronse caminando solos por un paraje que no era el suyo de antaño. Explicoles un viandante que habían cambiado de siglo, que pisaban las calles de Madrid, y que era nueva capital de España, cuna de grandes mentes y solaz de más de un ministro.

Supo Quijote entonces, que aquel sería mal asunto, pues se hallaban en plaza desconocida de un tiempo que no era el suyo. A buen seguro ha de ser nuevo encantamiento del odiado Frestón, quejóse el caballero, que no contento con cambiar gigantes por molinos, entretiene su alma oscura con tan vil truco. Ataviado el de la Panza con aquel rojo chándal de tres líneas blancas y el mismo Alonso en camisa negra y mallas, es cierto que era un escándalo verlos cruzar las calles, con los ojos enturbiados por las luces y sonidos ensordecedores, que más tarde aprendieron provenían de automóviles y ciclomotores. ¡Mirad por donde vais, mamarrachos!, gritole uno a Sancho, a lo que el escudero respondiole haciendo una peineta y quedándose tan ancho. Tened cuidado, advirtiole el Quijote a su criado, que por nueva es tierra desconocida, y estos españoles no han de ser mejores que los nuestros.

Sin embargo, aunque los días pasaban raudos y ellos se convinieron con las nuevas gentes de la villa, que dábanles pastas para comer, unas mantas por las noches y alguna que otra botella, no hallaba Don Quijote forma de desfacer la magia aquella. Repasaba el periódico una mañana de buen tiempo cuando un rayo de lucidez cruzole el pensamiento, ¿y si volver a la Castilla que ahora dicen la Nueva rompiese el encantamiento? Bastole, como buen lector, un rastreo de publicaciones diarias para entender la situación. Hacía meses que gran parte de los terrenos de la Mancha se encontraban en recalificación, pendientes de derribo y esperando nuevo destino: en pleno centro de la comarca habría de instalarse un macro casino, uno grande, uno de esos a los que vienen gentes de todas partes a dejarse los dineros que no tienen para salir incluso con menos que antes. ¿A qué puede deberse tremenda villanía, hervía el caballero, como puede alguien prestarse a sufrir tamaño entuerto si no es por injusticia? Sabía, sin embargo, que el vil metal todo lo puede, y era gran rumor que los funcionarios de entonces, también aceptaban como dádivas jamones y relojes, guardabanse billetes en sobres y hasta mercábanse grandes botes. Nada nuevo, entendió Quijote, la única diferencia es que hoy ya no se lleva el bigote. Tomo pues, la decisión de la aventura definitiva, y obligó a su escudero a procurar vistosas armas en un comercio asiático para después partir en pequeña comitiva, cogiendo un tren al día siguiente y plantándose en la Mancha de repente. Con espadas y escudos de plástico chino, ¿pretendía Don Quijote liberar a aquellas gentes?

Sin embargo, Sancho, que aún andaba temeroso, no temía el encuentro de su señor con una nueva dama del Toboso: entrábale pavor de pensar en toparse con los molinos que Alonso
confundiera con gigantes deshonrosos. Y ese momento hubo de llegar más pronto que tarde, cuando empeñado en encontrarlos, topóselos delante, rodeados por excavadoras en movimiento y máquinas de demolición muy, pero que muy, grandes.

¡Quita de en medio, viejo!, imprecole un operario. ¡Apartaos vos de ellos, malditos, bramó Don Quijote, ved que no son gigantes sino molinos, y no permitiré que vosotros, cochinos, los destruyáis con vuestros colmillos! Tras esto, Don Quijote corrió hacia las máquinas y asestole tremendo espadazo a la pala de una de ellas, con tan mal resultado que dobló el arma y cayó sobre sus espaldas. Sancho no perdió tiempo en socorrer a su maestro, mas este, fiero y desquiciado, soltó el brazo que su escudero le ofrecía y, tras mirarle duramente, pronunciose. Fíjate, díjole a su criado, que es tremenda bahorrina esta que aquí se concentra, y no merece por menos de blandir el hierro para botarles de esta tierra. Mira, amigo Sancho, que hoy los gigantes son otros y escóndense tras nobles vestiduras, es fácil caer prendado de sus corbatas y juzgarles por sus florituras. ¿Quién no querría parecerse a ellos, gozar de sus prebendas, lograr sus pertenencias? No te dejes comprar, viejo amigo, algunas cosas valen más que la gloria que el dinero trae consigo.

Tras este soliloquio, levantose el Quijote, agarró bien su quebrado estoque y al grito de “¡Pardiez que habréis de morir por mi mano, monstruos ruines!”, arremetió de nuevo contra una demoledora. Quiso la suerte, mala se entiende, que el operario activase en ese momento el botón de encendido, aplastando a nuestro héroe contra el suelo y pareciendo que habíale destruido. El bueno de Sancho no pudo evitar las lágrimas, ¿habría éste de ser de su señor el final? ¿Morir en singular batalla contra un artilugio que no era ni animal? Acercose el escudero a la pala para sacar lo que hubiera debajo… y fue grande su sorpresa cuando vio que, al irse Don Quijote, tan sólo había dejado libros, pergaminos y legajos.


El Caballero de Tinta

jueves, 11 de febrero de 2016

El traje del Capitán

Hoy os traigo un microrrelato de cosecha propia que la editorial La Pulga me acaba de publicar en el certamen continuo de su revista El Abreviadero. ¡Gracias a ellos y que disfrutéis la "huesada"!:

Al infame Capitán Pirata, experto en cartografía, caligrafía y demás radiografías, cuentan sus huesos que una sola cosa se le resistía: la dama María de las Costillas, fumadora de almas, bebedora de carnes y experta en otras cosillas. Una noche, tumba que te tumba, decidió el Capitán vestir nuevo traje, tapizado en piel, rematado en pestañas y cubierto de otro pelaje. “Si así consiguiera - pensó el incauto - llevarme a la Flaca en mi barco, no moriría ni de infarto; inmortal sería casi en el acto.” Respondió, entonces, la Costillas, con una risa atragantada, “no hay, mi Capitán, barco que llevar pueda a esta dama por lugar diferente a las arrugas de su cama.”

El Caballero de Tinta

domingo, 31 de enero de 2016

Los Odiosos Ocho: la esencia del mejor Tarantino

Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight en v.o.), el octavo largometraje escrito y dirigido íntegramente por Quentin Tarantino, está por fin en cartelera. Tras verla hace un par de fines de semana, tengo muy claro mi veredicto: el mejor Tarantino ha vuelto a las taquillas para traernos una joya al nivel de sus primeras obras.

Se dice que su cine es cómo las opiniones de Pérez-Reverte, Torrente, el golf y el brócoli: o lo amas o lo odias. No tengo problema en reconocer que estoy más cerca de lo primero que de lo segundo. Ahora bien, eso no significa ser un mulo ciego ni un megafriki defensor de cada escupitajo que pueda llevar la firma del director (de hecho, no soy un gran fan de Death Proof, no disfruté demasiado Jackie Brown y prefiero Reservoir Dogs a Kill Bill). Dicho esto, que empiece el festín.

Bien, nuestra historia nos invita a subir a una diligencia que atraviesa los vastos y nevados parajes de Wyoming (EEUU). El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell), apodado la “Horca” y temido por sus métodos, transporta a la presunta asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) para llevarla ante la justicia en el pueblo de Red Rock, cuando se encuentra con dos pasajeros inesperados: el Mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado yanqui afroamericano también reconvertido en cazarrecompensas, y el supuesto nuevo sheriff de Red Rock, un charlatán llamado Chris Mannix (Walton Goggins) más conocido por ciertos antecedentes familiares de carácter violento y racista. Una terrible ventisca obliga a estos cuatro mosqueteros del Mississippi a hacer noche en una solitaria posada conocida como la Mercería de Minnie. Para completar el cóctel, allí se encontrarán no con la tal Minnie, si no con cuatro sujetos más inquietantes que un cuadro de Munch. El posadero suplente tiene un fuerte acento mexicano y se hace llamar Bob (Demián Bichir), el sillón está adornado con el viejo y silencioso general confederado Sandy Smithers (Bruce Dern) y hay un tipo inglés que dice ser Oswaldo Mobray (Tim Roth), verdugo local. En una esquina, el enigmático vaquero Joe Gage (Michael Madsen) escribe lo que dice que son sus memorias.

Advierto al incauto lector de que, en este artículo, destriparé detalles de la trama o “haré spoilers”. “No, pero es que yo…” ¡Pero es que nada! Ráscate la cartera, acércate a los cines en v.o.s.e. más cercanos y deja de quejarte. Ya sabemos cómo se las gasta el de Tennessee y no creo que quieras hacerle enfadar. Después, si quieres, seguimos con la cháchara.

En lo que se refiere al guión, el director se remonta a sus orígenes para rodar ciento sesenta y siete espeluznantes minutos de tensión creciente y ambientada en unos Estados Unidos violentos y muy marcados por la reciente y sangrienta huella de la Guerra de Secesión. El esquema de Reservoir Dogs se repite aquí (aunque a mayor escala por haber más personajes) y nos encontramos con varios tipos mal encarados y ganas de gresca que se ven obligados a compartir techo durante apenas una noche. Cómo era de esperar, tras horas de afilados diálogos, sospechas y acusaciones más o menos directas, se arma un tremendo follón de pólvora y sacudidas varias que termina en un buen baño de kétchup. ¿Qué sería si no, una película de Tarantino? Ahora bien, de alguna manera, el amigo se las ingenia para mantenerte en vilo a lo largo de la que, junto con Django Unchained, es su cinta más extensa hasta la fecha. Esa sensación de que algo grave va a pasar no te abandona y se va agrandando a medida que los conflictos, nuevos o antiguos, entre los personajes van saliendo a relucir. En mi muy humilde opinión, no muchos directores actuales son capaces de semejante proeza argumentativa, que creo se debe, sobre todo, a la precisión milimétrica con la que cada detalle del contexto, los diálogos y los personajes ha sido elegido. Habrá quien piense eso, que tratándose de quien se trata, es fácil meter litros de sangre gratuitos para lograr el aplauso de la crítica más gore y descarnada; no sería tanto así en este caso, donde buena parte de esos litros se comprimen en una parte relativamente pequeña de la película, al menos si la comparamos con todo lo demás. Y seamos sinceros: ¿acaso hay alguno de nosotros que no se esperase la típica imagen de cuerpos moribundos arrastrándose sobre la nieve con el consiguiente rastro de sangre roja en contraste con el puro y gélido blanco? ¡Pues siento decepcionaros! No encontraréis cosas tan evidentes en Los Odiosos Ocho, y creo que es un acierto. Lo fácil hubiese sido hacer correr a los personajes por una ventisca temible para “darles matarile” entre agónicos gemidos ahogados por el viento; lo difícil, que es lo que hace Tarantino aquí, es que todo eso tenga lugar en un escenario indoor que resulta tanto o más opresivo y desesperanzador que la nieve que rodea la Mercería de Minnie. El juego de alianzas, duelos dialécticos y bandos se sucede de tal forma que es casi imposible acertar quién (o en qué circunstancias) saldrá vivo de allí. Me recuerda, de alguna manera, al juego de la patata caliente, sólo que ésta papa acabará pringándoles a todos ellos. ¿Es un wéstern? No del todo (Django Unchained sigue más la línea clásica del cine del oeste, pero The Hateful Eight tan sólo está ambienta entonces). ¿Es cine gore? Sería excesivo calificarlo así (la ración de sangre es generosa, pero otras de sus obras son mucho más cruentas que ésta). Conclusión: puro Tarantino desencadenado. Bravo, bravísimo, Quentin.

Por lo que respecta a las interpretaciones, que son otro de los puntos fuertes de la cinta, destacaría a un Kurt Russell en estado de gracia con un papel que le viene como anillo al dedo. El otrora llamado Serpiente Plissken borda la imagen de cazarrecompensas bruto y pagado de sí mismo que se considera más listo que la media. Uno de los mejores descubrimientos del cine “tarantiniano” es el actor Walton Goggins. Su personaje, por irritante y necio, no despierta afinidad en un principio, pero cobra una importancia desmedida según va avanzando la trama y hasta acaba pareciendo majete. Gran acierto. Samuel L. Jackson, en su habitual rol de negro vengador, furioso y perspicaz, ofrece al público justo lo que quiere: a Samuel L. Jackson haciendo exactamente eso (en el fondo, estoy convencido de que resulta tan convincente porque es uno de esos actores que se interpreta a sí mismo, como sucede con Robert Downey Jr.). Hablando de él, poco más tengo que decir de LA escena (sí, todos sabéis de lo que hablo), capaz de cambiar en un segundo la percepción que se tiene de un personaje, hasta entonces, más o menos simpático a ojos del espectador. Otro de los actores fetiche de Tarantino, el camaleónico Tim Roth, hace exhibición de talento discursivo y correctísima dicción guiri (impresionante la reflexión sobre los dos tipos de justicia) para dibujar a un personaje atractivo que al final se revela como English Pete Hicox, bandido perteneciente a la banda del malogrado Jody Domergue (interpretado por un fugaz, nunca mejor dicho, Channing Tatum) al rescate de su hermana cautiva. Ésta última, en la piel de Jennifer Jason Leigh, se convierte en otro de los grandes puntales del argumento con sus exabruptos, canciones de guitarra y aspecto rudo, hasta tal punto que es capaz de inspirar compasión y resultar repulsiva casi al mismo tiempo. El resto de la banda de Domergue hace una actuación de, quizás, menor entidad, pero no por ello menos interesante. Demián Bichir, ese actor con nombre de novela de Hermann Hesee, se entierra en kilos de pieles para interpretar al posadero Bob, también llamado Marco el Mexicano, al que no le hubieran venido mal algunas líneas más de diálogo (resulta demasiado arquetípico). Michael Madsen es, bajo mi punto de vista, el más desaprovechado de los intérpretes en Los Odiosos Ocho, ya que su aspecto intimidante y mastodóntico bien pudiera haber servido para amedrentar al personaje de Jackson o al de Goggins, sobre todo al final de la película. En cuanto a Bruce Dern, su forma de insuflar vida al muy xenófobo y temperamental general confederado resulta muy convincente; además, su muerte sirve como punto de encuentro entre varios de los hilos argumentales (el enfrentamiento racial, la pugna entre Daisy Domergue y John Ruth o la eliminación del único testigo de lo ocurrido con Minnie y su gente).

La fotografía, que está muy cuidada, retrata un ambiente desangelado y agobiante, perfecto para contar una historia ruda e inclemente como esta. La elección de colores no es casual, y se reparte armónicamente de forma tal que llama la atención justo donde a nuestro perturbado maestro del cine le interesa: la peligrosa cafetera azul, las grageas rojas o la bufanda gris del Mayor Warren que resalta sobre su casaca azul y amarilla de soldado yanqui, son tan sólo una pequeña muestra. Por otro lado, uno de los elementos más especiales del filme lo constituye la música, a cargo del todopoderoso Ennio Morricone, tan grande que apenas necesita presentaciones. A pesar de ser el firmante del apartado sonoro de varias de las obras más reconocidas de Tarantino (Kill Bill 1 y 2, Django Unchained, varias piezas de Inglorious Basterds), el compositor italiano había jurado que no volvería trabajar con él por el excesivo uso de la sangre y el racismo en sus historias. Por fortuna, las palabras se las lleva el viento y The Hateful Eight luce una banda sonora sobria, pero de altura, poblada por instrumentos de viento profundos y poderosos y una sección de cuerda para los momentos más tremebundos.

Tarantino nos tiene acostumbrados a un cine muy referencial y lleno de guiños tanto a sus propias películas como a obras de otros autores. Ésta no es una excepción, y nos encontramos así con varios símbolos bien traídos, como la emotiva carta de Lincoln al Mayor Warren, que, en cierta medida, recuerda al famoso maletín de Marcellus Wallace del que nunca se llega a conocer el contenido. Si bien la carta es leída en alto al final de la película, tampoco llegamos a saber si es un manuscrito real o si, como aduce el propio Warren en un momento dado, se trata tan sólo de una falsificación que poder utilizar como salvoconducto. Decisión a gusto del espectador que puede condicionar enormemente la percepción acerca del mensaje de la película. Más allá del clásico tabaco Red Apple (inexistente) que se fuma en casi todas sus obras  o de que English Pete Hicox sea bisabuelo del Teniente “Archie” Hicox (Michael Fassbender) de Inglorious Basterds, otro de los mensajes recurrentes de su filmografía es el de la emancipación de los afroamericanos respecto de los blancos, que, una vez más, ha servido como pata de apoyo para una línea argumental ambientada en el conflicto de las dos Américas aparentemente irreconciliables. Más de uno habrá notado también que, el hilarante diálogo entre Daisy, John Ruth y Warren acerca del uso de la palabra nigger no es sino una respuesta contra aquellos que critican a Tarantino por lo mismo (por ejemplo, Spike Lee). El director se “burla” de ellos haciendo que, tanto el propio Jackson como Russell, entre otros, la tengan en la boca casi constantemente, sin que por ello se deduzca que se trata de personajes necesariamente racistas como el general Sandy Smithers. Llegados a este punto, debo decir que disfruté como un niño de la inestable y cómica alianza entre Warren y Mannix, que todo el tiempo pende de un hilo y tiene “feliz” desenlace para ambos a pesar de sus dispares orígenes y trayectorias vitales. ¿Y si son, tan solo, hombres buenos que han hecho cosas malas?, me dije. ¿Hasta qué punto un hombre puede seguir considerándose bueno después de cruzar ciertas líneas? ¿Existe la redención? ¿Puede llevarse a cabo matando a otro hombre? Todas estas preguntas y alguna más se me quedaron flotando en la mente después de los últimos compases. Como remate, quizás me quedaría con que, a pesar de todo, ambos consiguen superar esa especie de determinismo absurdo que les viene impuesto por ser blancos/negros; así, cuando Mannix tiene la oportunidad de acabar con un malogrado Mayor Warren para avenirse con su “semejante” Daisy Domergue y salvar el pellejo, decide no hacerlo. Quizás, sólo quizás, ha comprendido que, a pesar del color de piel, tiene más en común con ese hombre moreno que se desangra tras él (aunque tampoco sea un santo) que con la salvaje y desquiciada asesina a la que ahorcan.

Lo mejor: La tensión a lo largo de todo el filme es su punto fuerte. Como siempre, muchas de las conversaciones merecen un pin y ciertas escenas serán recordadas con claridad. Las interpretaciones de Jackson, Russell, Goggins, Roth y Leigh.

Lo peor: Ciertos personajes (Bob, Joe Gage, Smithers) son demasiado arquetípicos y no hubiera estado de más haberles dado algún matiz de originalidad. Más allá de eso, tengo entendido que los “gloriosos” 70 mm en los que se grabó la cinta permiten disfrutar de ella en un formato gigantesco; ahora bien, según parece, sólo hay un cine en España que todavía reproduce en ese formato mastodóntico e inmanejable, y no creo que The Hateful Eight esté tan plagada de vastos parajes y enormes paisajes como para que sea imprescindible verla así. Quentin, tío, a veces, se te va bastante la olla.


Cerramos con el tema de apertura. ¡Ah!, y mantened cerca vuestros revólveres…nunca se sabe.



El Caballero de Tinta

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